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Identidad
de género
Identidad
nuclear
Identidad
sexual
Identidad
emocional
Los
protagonistas de esta novela buscan desesperadamente
su identidad y pronto se dan cuenta de que lo único que
consiguen es tropezar una y otra vez con la de los demás,
una acumulación de preferencias, pertenecias
y hábitos que los construyen y son construidos a su
vez por ellos.
La identidad siempre
acaba siendo aquello que los demás piensan de nosotros
y raramente lo que nosotros hemos
querido construir sobre nuestro efímero yo corpóreo.
La
mirada construye desde fuera y desde dentro. Hay que
reflexionar y reflejar ambas miradas constructoras -exógena
y endógena respectivamente-.
Hay
que tomarse tiempo para mirar desde dentro y desde fuera.
Conocer. No hay que tener miradas preconstruidas.
Conocimiento
es identidad.
Precontruido
es clasificación.
los
personajes de la novela
La
mirada exógena: bajo
cada personaje de la novela podrás leer extractos de lo que los otros
dicen, como lo definen, como lo miran y lo ven
en la novela...
La
mirada endógena: para
saber más sobre los gustos de cada personaje de la novela,
o sea, su interior, pincha sobre ellos y
entra en el personaje... encontrarás sorpresas
y extras que tu mirada no había visto...
Elena

", bastará
con que te la describa para que entiendas cuanto se
parece a mí (aquella mí que tú tanto quisiste y que
se ha evaporado en los odiosos pliegues del tiempo),,,
Ya mide un metro ochenta (robusta
como la honra decía mi abuela, haute comme de bonne
couture decía jocosamente mi madre), Su cuerpo es
fuerte, orgulloso y rotundo como aquella maravillosa
Diosa Madre de terracota que tanto nos gustaba admirar
en el Museo del Peloponeso (mito pelasgo de la mujer
poderosa, matriarca que nunca conocimos,,, lacrymae
rerum,,,) pero se avergüenza de no ser delicada (como
lo es su hermana Azucena),,, Se encorva e, inmediatamente,
intenta sentarse retirada de todos,,, Oculta sus soberbios
pechos,,, Esconde sus telúricas caderas,,, Recoge sus
largas piernas,,, Encoge sus perfectos hombros,,,"
Faustina

"También
era el máximo orgullo de cualquier padre: una hija guapa
que se casaría bien. Pero Faustina no se casó bien.
Quizá porque ese era el único momento de la vida de
una mujer que tendría relevancia pública – para, a partir
de entonces, volver a hundirse en la esfera de lo privado
-, ella lo aprovechó para mostrar su rebeldía: se casó
con el hombre equivocado, en el momento equivocado,
del modo equivocado."
Azucena

"Cuando el supernumerario
me abrió la puerta una estampa harto familiar se presentó
ante mí: mi madre, sentada inerte, miraba hacia una
desgastada ventana como quien espera pacientemente que
un milagroso ángel le traiga otra vida que vivir, un
recambio de alma que consiga despertarle de su laxitud.
Su actitud inerme, su infinita tristeza, la derrota
de sus brazos, la demoledora rendición de aquellas comisuras,
la terrorífica armonía de aquel rictus de dolor, me
encogieron el corazón. Por un momento sentí el irrefrenable
impulso de girarme y echar a correr a toda velocidad.
Alejarme de todo aquel dolor irresoluble. Una dolorosa
rutina me lo impidió. Había sentido aquello mismo
ante mi madre tantas veces que acabé por aprender a
ni siquiera huir."
Devi

"La primera vez
que la vi no pude evitar sentir una mezcla de envidia,
celos y admiración que pronto se convertiría en deseo:
era todo lo que yo habría querido ser.
No demasiado alta, pero estilizada.
Altiva como un junco. Su forma de moverse, sus gestos,
su caminar… Tenía la combinación justa para oscilar
milagrosamente entre la fragilidad y una imponente seguridad.
Llevaba un impecable traje de chaqueta celeste que realzaba
su soberbia tez acaramelada y el impresionante color
turquesa de sus ojos. Su cabello, recogido en un correcto
moño, no conseguía disimular la voluptuosidad de su
brillante melena negra. Cada mirada, cada giro de su
cabeza, cada palabra destilaba autoridad. Los labios
sin pintar, algo que sin embargo resaltaba la belleza,
perfección y sensual redondez de estos. Sus manos, exquisitamente
cuidadas, se movían con la ligereza y exactitud de una
danza birmana. Era un milagro a punto de revelarse.
Una Deidad con nombre de tal, porque Devi es el trato
que en la religión hindú se da a las Diosas."
Rossy

"Dicho esto rompí
a llorar, un hábito que a Rossy le espeluznaba.
- Mira, tronca, ¡YA VALE!.
Yo nunca te he dicho que nos casemos y compremos un
pisito a plazos para fundar una familia cristiana con
preciosos niñitos rubios… Yo soy lesbiana, tronca, porque
me repugna todo eso de la fidelidad y la normalidad,
a mí me encanta follar con quien quiera cuando quiera,
me encanta drogarme y me encanta salir cada noche a
emborracharme… Y eso no tiene nada que ver con quererte
a ti… Ni siquiera tiene que ver contigo… Además, ¿te
he dicho yo que no puedas enrollarte con quien quieras?,
yo te animo, tronca, claro que, cada día estás más descuidada,
tronca… a lo mejor las chicas del peep tienen razón,
ya no te esfuerzas por ser mejor…
- ¿Ser mejor? ¿me estás diciendo
que las chicas del peep saben algo de ser mejor? ¿ponerse
dos toneladas de tetas y operarse hasta no poder ni
hablar es ser mejor? ¿Es eso lo que te gusta? ¿Es eso
lo que te gusta de esa petarda, sus tetas operadas?
- Pues, ahora que lo dices:
¡SI!
Diciendo esto, abrió la puerta
y me dejó con las dos rayitas que, obviamente, yo me
metí. Acto seguido, perdí el conocimiento."
Wenceslao

"Un impecable traje
de lana virgen grey pinstripe hecho a medida —Savile
Row, Londres, como mi padre— con la raya de los pantalones
perfectamente marcada. Una camisa blanca intachablemente
planchada igualmente elaborada por encargo —también
en Londres, mi padre a menudo mencionaba que todos los
hermanos las compraban en el mismo sastre de Jermyn
Street, la meca de la camisería británica— rematada
con una exquisita corbata de rayas Hampshire Royal Regiment
en pura seda y confeccionada a mano en Gieves &
Hawkes. Mi tío Wenceslao solo tenía cuarenta y un años,
pero —a mí siempre me lo pareció— pasaba por alguien
muy, muy mayor, como al final de su vida. Y es que,
aunque entre él y mi padre mediaban cinco hermanos y
casi veinte años, mi tío Wenceslao evocaba inmediatamente
a su hermano mayor. Quizás fuese su severo carácter,
su rigidez ó su modo de vestir, el caso es que nada
en su persona delataba el más mínimo asomo de juventud
o inconformismo. Así que no pude disimular mi desmayo
cuando descubrí que donde yo esperaba la respuesta a
todas mis rebeldías no encontré sino una nueva fuente
de estas. Porque el mundo de mi tío seguía inextricablemente
unido al de mi padre, y era ese oscuro y triste código
moral decimonónico que atenazaba la vida de ambos el
que había provocado su distanciamiento fraterno y no
—como yo ingenuamente había pensado— alguna vehemente
rebeldía liberadora de mi tío a la que yo habría estado
presta a sumarme para destruir aquel cansino aburguesamiento
que nos estaba asfixiando a todos."
Cefe

"Así, con una envidiable
parsimonia, iniciamos nuestra mágica travesía por el
adormecido Madrid nocturno. Angel optó por ir patinando
delante de nosotros. Como dispersando a una invisible
multitud que nos pudiese impedir el paso. Volteándose
de vez en cuando para dedicarnos una extática sonrisa
que no hacía sino resaltar su belleza. En cuanto a Cefe
y a mí, dedicamos el paseo a charlar animosamente sobre
esto y aquello. Celebrando nuestra primera salida en
común. Así fui sabiendo de sus sueños de triunfo en
la movida madrileña que Pedro Almodovar había santificado
en sus películas, de su pasión por todo lo referente
a los modelos, en cuyo glamouroso mundo veía el único
remedio a su dolida ausencia de educación ó sofisticación,
y, sobre todo, sus deseos de ganar mucho dinero para
poder escapar de su familia, de su barrio y de sus recuerdos
de una niñez llena de carencias, miedos y tristeza.
Mi sorpresa al descubrir a aquel Cefe lleno de daños
solo pudo ser diluida por mi disgusto. Porque aquella
súbita humanidad, aquella indeseable fragilidad, lo
acercaba a mí tanto como lo alejaba del omnipotente
mito que yo necesitaba construir sobre su persona. Así
que, en un deplorable ejercicio de egoísmo, ignoré a
aquél quebradizo ser lleno de dudas que buscaba desesperadamente
una muestra de afecto desinteresado. Lo hice con tal
ahínco que el pobre Cefe tardó poco en volver a ser
el dicharachero golfo sin sentimientos ni escrúpulos
que yo – y, para su desgracia, la mayoría de las personas
que se encontraría a lo largo de su vida – quería ver."
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