De guarras, chulos y transgresiones

Sábado 25 julio del año patriarcal 2009 por Ingrid Loti

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mujerilotiPuta. Guarra. Cerda.
Puta. Guarra. Cerda.
Mujer.

Andan nuestros vecinos los franceses revueltos porque un tal Orelsan, de profesión rapero, afirma que un montón de salas francesas han suspendido las actuaciones que tenía programadas después de que varias organizaciones feministas descubrieran el videoclip de una de sus primeras (y a juzgar por su contenido, pésimas) “canciones” (nótese que utilizamos el término “canción” con cierta generosidad, a falta de otro que se adecue mejor a la boutade del figura). La letra, de una “profundidad pasmosa”, contiene versos de “belleza” tan “sublime” como la que plasman las frases: “te voy a dejar preñada y luego te haré abortar con mi navaja” o “sólo sirves para que te revienten el recto”. Dice que si le cancelan las actuaciones programas es porque los defensores de lo “políticamente correcto” están atacando su “libertad de expresión”. O sea: además de “transgresor”, víctima. Oh là là!

No es que a mí –sabedora de que el hip-hop fue en sus orígenes una verdadera bomba de protesta muy alejada del gangsta rap que ha terminado por imponerse a golpe de machacarnos en los medios con imágenes de tiarrones-machotes ultramusculados y nenitas permanentemente puestas a disposición del macho alfa – me disguste el género. Más bien al contrario: el hip-hop fue, en sus orígenes, una subcultura combativa y progresista. Lo que me fastidia hasta extremos indecibles es que de repente defender ideas machistas, homófobas, transfóbicas y claramente sexistas (o sea, el discurso rancio de toda la vida, aunque sea en forma de versos rimados) se considere “transgresor” y un valor “políticamente incorrecto”. Exactamente, ¿qué es lo “transgresor” en la frase “sólo sirves para que te revienten el recto”? Si lo transgresor es “recto”, permítame el Sr. Orelsan recordar que en España ya se han escrito grandes temas de inspiración rectal y que no necesitamos que nos ilustren más sobre la cuestión, gracias (me viene a la memoria aquel célebre “Caca culo pedo pis” de Enrique y Ana). Aquello sí que era transgresor, oiga, en un país que acababa de salir de una dictadura.

Ahora sí, bromas aparte. Leo esta noticia justo al mismo tiempo en el que me encuentro inmersa en la lectura de la segunda parte de la trilogía del sueco Stieg Larsson, que constituye una de las denuncias más valientemente feministas de la violencia contra las mujeres que he leído en muchísimo tiempo. Podría decir que ignoro cuáles son los mecanismos que pueden llevar a un hombre educado en la laica y democrática Francia a convertirse en un repulsivo cerdo machista que necesita invocar un supuesto “derecho a la libertad de expresión” y lanzar acusaciones de “censura” para vender discos, pero mentiría. Los mecanismos que hacen posible que haya muchos Orelsan sueltos por el mundo son los mismos que hacen que vivamos en un mundo en el que matar mujeres sale barato (en algunos países, literalmente gratis). Y si no es matar es apalear, humillar, insultar, denigrar, golpear a diario o simplemente dejar muy claro que tú, Oh Gran Macho, estás por encima de ella.

Aunque es un tema sobre el que volveré en otras reflexiones, no me cansaré de repetir que estamos en tiempos de desactivación. Tiempos en los que ser “nazi” es lo mismo que ser “anti-nazi”, “fascista” que “antifascista”, “machista” que “feminista”. Se nota, se huele la desactivación especialmente en las aulas, donde un porcentaje sobrecogedor de chicas adolescentes no ve mal que su novio les pegue de vez en cuando una bofetada o donde los noviazgos son cada vez más violentos. Donde un número cada vez mayor de mujeres se proclama orgullosamente “femenina, que no feminista”, o alegremente se atreve a decir que ella no es “ni machista, ni feminista”, al tiempo que se produce un aumento espectacular de comportamientos violentos entre las propias mujeres. Donde cualquier intento de educar en valores positivos que combatan todas las formas de discriminación (misoginia, homo/transfobia, racismo o xenofobia, o discriminación contra las personas con discapacidad) es recibido con una furibunda reacción por parte de los defensores del neopatriarcado, ese orden producto de la terrorífica remodelación de las viejas fórmulas de dominio heteropatriarcal que ahora cuenta además con la inestimable ayuda de los medios de incomunicación masiva. Este nuevo orden no se cansa de enarbolar la bandera de la “libertad” y la “libertad de expresión” para defender sus posiciones; sabiéndose mayoría silenciosa, los neomachos – incluidos, para qué negarlo, muchos presuntos izquierdistas – despotrican a diestro y siniestro contra ese “contubernio judeomasónico feminista y gay” que según ellos les está haciendo la vida imposible. Para ello cuentan, no lo olvidemos, con la inestimable ayuda de las Mato, señoras de Aznar y tantas y tantas otras cuyo modelo de femineidad está mucho más directamente relacionado con aquellos bonitos manuales de Sección Femenina que con cualquier valor medianamente moderno y progresista.

Yo comprendo que la pérdida de los privilegios heredados conlleve tanta rabia y tanta mala baba. Lo que no comprendo ni acepto es que pretendan colarnos la trola de que esa mala baba machista y misógina, criminal y asesina, tiene el mismo valor y debe ocupar el mismo lugar que los discursos positivos que intentan defender la dignidad de todas las personas. El titular de Público (“Un rapero aterra a la Francia políticamente correcta”) es manifestación preclara de lo enferma de misoginia que está esta sociedad. Así que no, Andrés Pérez, no: el problema no es que Orelsan “aterre a la Francia políticamente correcta”. El problema es que Orelsan y todos los que son como él tendrían que aterrar a todo ser humano con un mínimo de dignidad consciente de haber nacido del vientre de una mujer.

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