
El Ministro Voluntario de la Cienciología, Richard Royce, realiza un mensaje de asistencia nerviosa tras el Huracán Katrina (AP Photo/Steve Helber)
Las religiones, todas las religiones, son hienas carroñeras que huelen la muerte , la desesperación y el miedo y acuden en masa a “evangelizar” a los más débiles para engrosar así su culto y por lo tanto su poder/presencia en la sociedad. Siguiendo a la maestra anarquista Naomi Klein en su magistarl La Doctrina del Shock: el auge del capitalismo del desastre, esto se podría llamar religión del desastre. Es más ella ya lo contempla en ese Capitalismo del Desastre en el que las crisis –económicas, sociales o políticas— y las catástrofes ambientales son usadas para introducir unas reformas neoliberales que han llevado a la demolición del Estado de Bienestar.
En los Estados Unidos se está levantando una oleada de escándalo por la oportunista presencia de ministros de la cienciología en Haiti con la disculpa de hacer llegar comida y agua. Incluso el frikigay de John Travolta pilotó su propio jet privado “junto a su esposa Kelly Preston” (pobre ‘esposa’ aunque tengo entendido que ella también juega a priedra papel tijeras, muchas tijeras) para plantar en Port-au-Prince alguna ayuda y muchos, muchos misioneros de la cienciología que van a dar seminarios en medio del desastre. ¡Seminarios a los pobres haitianos!
¿Y qué tiene de raro en el caso de la cienciología, no es acaso lo mismo que están haciendo políticos, cantantes en decadencia (lo de Wyclef jean es de juzgado de guardia) y ONGs con cuentas bastante oscuras o lo que lleva haciendo desde hace siglos la Iglesia Católica? me preguntaréis algunas. Pues sí, os tengo que contestar yo.
Lo interesante de la cienciología es ver de nuevas cómo funciona la imposición de una religión. La imposición de supersticiones y trucos de magia entre una población cuanto más desesperada, hambrienta y aturdida, mejor.
En el caso de la cienciología es criticable porque esta Iglesia aún no tiene tanto poder como la protestante, la evangelista y ni digamos la católica o judia y los medios no le tienen tanto miedo. Así se puede evidenciar como ridículos algunos cultos que sigue como lo de curar con las manos mientras nadie dice nada de los curitas abusando de niños o contando dinero para el Vaticano mientras los haitianos se mueren ante su incompetencia. La cienciología ha sido la última en llegar y es una amateur en lo que, la Iglesia Católica especialmente, ya ha masterizado. En este momento hay que imaginarse a las religiones como un grupo de putas alteradas porque ha llegado una joven, guapa y divertida a la esquina y no tiene chulo (o sí, pero su chulo está un poco ido).
Para empezar hablemos de los slots asignados a aviones que pueden aterrizar en Haiti con ayuda. Los Estados Unidos, como no, son los responsables de dar permiso y organizar la llegada de ayuda a la isla así que, desde l gobierno, favorecen a unas ONGs o iglesias sobre otras. El modo en el que la cienciología ha conseguido que se le de conceda una serie de slots para llevar a ministros ya ha despertado todo tipo de críticas que apuntan directamente a su influencia con ciertos mienbros del gobierno. Lo escandaloso es que, y esto no lo sabía, la cienciología cree realmente en el poder de sanar con las manos y rechaza los medicamentos (de ahí la feroz crítica/ataque que Tom Cruise le hizo a la pobre Brooke Shields por tomar antidepresivos tras dar a luz a su hijo), así que ver a una panda de payasos poniendole las manos a un amputado o un moribundo proclamando que ellos les van a salvar debe ser, como poco, para emprenderla a bosazos con el ministrito.
Para haceros una mejor idea os traduzco la parte del artículo que la revista digital Gawker ha tenido a bien publicar como Cienciólogos en Haiti: un testimonio de primera mano en el que un testigo que viajó con ministros de la cienciología cuenta la experiencia:
I arrived at JFK last week, ready to go.
I knew we were traveling with doctors and EMTs, but I didn’t expect to see 50 scientologists, in their yellow shirts with Volunteer Minister on them. They were completely unprepared for going to a third world country, let alone a disaster zone. One girl was in designer cowboy boots. I asked her if she’d brought any sturdier footwear.
“Oh no, these’ll be fine.”
I asked another guy what he’d packed and he said he hadn’t bothered to bring soap or toilet paper or food, but that he’d just “buy whatever I need at Port-au-Prince airport.” I couldn’t break it to him.
They had no place to stay, and no supplies — their idea was to use the ton of money they had to buy food to distribute when they got there. But there was no food and no water. That was the point.
By the time we arrived in Haiti, after a stopover in Miami, we had missed three landing slots at the airport. Aid agencies — genuine aid agencies — from other countries were being turned away, refused permission to land. But we still got a slot straight away. The guy who ran our charter seemed to think that the Scientologists had some real influence with the US Government, who were assigning the slots.
The doctors and EMTs in our party headed straight downtown to start working. The Scientologists had nowhere to go, and nowhere to put up the big yellow tent they’d brought for touch healing people in. They went to the UN, and managed to get on to their list of approved NGOs somehow. That meant they could set up in the UN grounds.
But they had no-one who spoke Creole, and they brought the weirdness of touch healing into a very superstitious society. They’d leave the tent and come into the general hospital downtown, and try healing people. One of the doctors and one of the nurses told me that the wounded started coming to them to tell them they didn’t want to be treated by the people in the yellow shirts.
One nurse told me that the Scientologists actually caused harm — they gave food to people who were scheduled to go into surgery. That then led to complications in the operating theater.
On the way back, the plane stopped in Miami and did not go on to New York, stranding all the doctors and EMTs and journalists who expected to get back. After much fighting, the Scientologist representative agreed to fly any of the EMTs that “absolutely couldn’t afford the ticket” on Jet Blue from Fort Lauderdale. I heard there were complications but had bought my own ticket because I was fed up with their weirdness.
traducción:
Llegué al aeropuerto JFK la semana pasada, listo para salir.
Sabía que íbamos a viajar con médicos y Técnicos en Emergencia Médicas (TEM), pero no esperaba ver a 50 cienciólos, con sus camisetas amarillas en la que se leía Ministro Voluntario. No estaban preparados para ir a un país del tercer mundo en absoluto, ni digamos a una zona de desastres. Una chica llevaba botas vaqueras de diseño. Le pregunté si había traido algún calzado más robusto.
“Ah no, estos me servirán”
Le pregunté a otro tipo qué había metido en su equipaje y me dijo que no se había molestado en traer jabon o papel higiénico o comida, pero que ya “compraré lo que sea que necesite en el aeropuerto de Port-au-Prince”. No supe cómo contárselo.
No tenían dónde quedarse, ni provisiones… su idea era usar la tonelada de dinero que llevaban para comprar comida que distribuir cuando llegasen. Pero no había comida ni agua. Ese era el tema.
Para cuando llegamos a Haiti, tras una parada en Miami, habíamos perdido tres slots de aterrizaje en el aeropuerto. Las agencias de ayuda — verdaderas agencias de ayuda— de otros paises estaban siendo rechazadas, negándoseles el permiso para aterrizar. Pero nosotros conseguimos un slot de inmediato. El tipo que pilotaba nuestro charter parecía creer que los cienciólogos tenían muy buenas influencias con el gobierno d elos EEUU, encargados de asignar los slots.
Los médicos y TEMs en nuestra partida se dirigieron de inmediato hacia el centro para comenzar a trabajar. Los cienciólogos no tenían a dónde ir, y nigún lugar en el que plantar la enorme tienda de campaña amarilla que habían traido para sanar a la gente con las manos. Se fueron a la ONU y consiguieron estar en su lista de ONGs aprovadas, de algúna manera. Eso quería decir que podían acampar en el terreno de la ONU.
Pero no tenían a nadie que hablase creole, y habían traido su chifladura de sanar con las manos a una sociedad muy supersticiosa. Abandonaban la tienda de campaña y se venían al hospital general del centro, a intentar sanar a la gente. Uno de los doctores y uno de los enfermeros me contaron que los heridos empezaron a acudir a ellos diciéndoles que no querían ser tratados por la gente con las camisetas amarillas.
Una enfermera me contó que los cienciólogos de hecho estaban provocando daños… le daban comida a pacientes que estaban a punto de ser intervenidos. Eso acarreó complicaciones en la sala de operaciones.
Aparte de la más que cuestionable credibilidad de este “testigo anónimo” y lo partidista de este relato que no cuestiona esa obsesión estadounidense con creerse que ellos son los héroes salvavidas del mundo o el idéntico oportunismo y torpeza de otras organizaciones religiosas y no, lo llamativo es que no se cuestione el aprovechamiento de asociaciones cristianas como caritas etc y misioneros que el único interés que tienen es hacerle propaganda a sus respectivos credos. Llevan siglos haciéndolo. Pero supongo que pedir que toda ayuda sea seglar y se prohiba la difusión exhibición de símbolos religioso está fuera de la cuestión. Sin los pobres del tercer mundo, ¿qué sería de la Iglesia católica?







Martes 2 febrero del año patriarcal 2010 por Miss Shangay Lily
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