La segunda semana de noviembre de 2009 viajé a Málaga para conocer a Alí, un homosexual huído de Irán in extremis que pedía asilo en España. Ese viernes Alí daba una charla en la sede de COLEGA en Málaga para contar su terrible experiencia. Gracias a la ayuda desinteresada de Amelia Pérez de las Cruces y su marido Jojo pude grabar un material que querría convertir en documental. Los siguientes días me entrevisté exhaustivamente con él, con Parvane, otra refugiada igualmente huida de Irán en situación límite y un ser humano extraordinario que me impresionó mucho más de lo que pueden decir las palabras, y con la abogada de CEAR Belén Amaro que tramitaba la petición de asilo de Alí. De todas esas conversaciones se nutre este relato sobre la historia de Alí. Tanto los nombres como algunos datos han sido cambiados para salvaguardar la integridad de Alí y Parvane así como de sus familiares que aún permanecen en Irán. Quiero dedicar este esfuerzo a esas tres personas extraordinarias: Alí, Parvane y Belén. Esta historia tiene un final feliz. Alí se convirtió en la primera persona a la que se le concedía asilo en España por ser homosexual. Un hecho histórico. Shangay Lily
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Sol de noche negra.
Lágrima en la mejilla.
Pupilo persa que nos ha encarcelado.
Abu Nuwas
La pareja llamó al timbre con la certeza de que iban a causar sensación. Alí se había puesto sus mejores galas. Sin olvidar, eso sí, que los únicos colores permitidos en Irán para un hombre son el azul, el negro o el gris. Le habría encantado ponerse un traje blanco, le seducía la elegancia del blanco en invierno, pero ese color estaba reservado a las mujeres. Firouz, su pareja, también había esmerado su vestimenta: un impecable traje gris hecho a medida, al fin y al cabo él era un agente inmobiliario con mucho dinero e influencias que llegaban hasta el gobierno, enmarcaba exquisitamente su imponente planta. Un par de vistosos ramos de flores, peonias rosas con lirios blancos que la señora Rezakhah les había preparado con gran esmero en su tiendecita de la calle Hafez, justo enfrente de la embajada de Francia, completaban la estampa de glamour que la pareja pensaba aportar a la exclusiva fiesta.
Había costado mucho trabajo convencer a Alí para que asistiese a una de esas reuniones de las que Firouz tantas veces le había hablado. Firouz había cultivado ese exclusivo círculo en Teherán desde su adolescencia pero, a pesar de llevar juntos varios años, nunca había conseguido convencer a su pareja de la oportunidad de asistir a una de esas peligrosas reuniones. Y es que en Irán están prohibidas las fiestas. Sea quien sea el que las haga. Como mucho, si es una familia respetable, conocida en la mezquita y con sus correspondientes abuelas, madres y esposas castamente cubiertas, harían la vista gorda. Pero aun así, si fuese muy notoria, ni a la familia del profeta le iban a permitir montar una fiesta. Porque, en realidad lo que está prohibido en Irán es algo mucho más básico que lo que abarca el concepto de fiesta: en Irán está prohibida la música, cantar o bailar. Es una ofensa al Corán. También están prohibidas las reuniones de más de 4 personas, porque se consideran una manifestación política y deben ser detenidos inmediatamente. Irán vive en un permanente estado de emergencia severamente observado y vigilado por imanes, ayatolás y demás autoridades religiosas. Si a esto le sumamos el detalle de que la fiesta era de hombres homosexuales, comprenderemos inmediatamente la reticencia de Alí a tentar la suerte. No podía borrarse de la mente aquellas imágenes que todos los periódicos y televisiones públicas habían repetido hasta la saciedad: Mahmoud Asgari y Ayaz Marhoni, dos adolescentes de 16 y 18 años, colgando de la horca con sus ojos vendados y la cara cubierta de lágrimas. Fueron sorprendidos juntos cuando tenían 14 y 16 años. Sufrieron los azotes dictados por la sharia (228 latigazos) y, tras largas torturas, confesaron su “crimen”: amarse. Entonces, fueron encarcelados durante casi 2 años. En prisión sufrieron todo tipo de vejaciones y torturas. Un cierto día, el Tribunal Supremo de Irán los sentenció a muerte por horca. Su traslado desde la celda hasta la plaza pública, abarrotada de gente entre la que se podía ver a sus padres y hermanos llorando desconsoladamente, en una furgoneta en la que se veía a un batiburrillo de funcionarios que, ajenos a sus desoladores sollozos, los miraban con indiferente curiosidad, su penosa subida al patíbulo y el ahorcamiento, fueron minuciosamente grabados por un equipo de indiferentes reporteros al servicio de la revolución islámica que luego difundió las imágenes. Esa noche Alí no paró de llorar a solas en su habitación. Mordía la almohada para que su madre no se enterase de sus sollozos que intentaban exorcizar una pena que le asfixiaba hasta el tormento. Si sospechase que su hijo era uno de aquellos “demonios degenerados” tenía la certeza de que sería ella misma la que, bien entrada la noche, lo arrastrase hasta uno de esos canalones que escoltan los laterales de todas las calles de Teherán y, sobre el bullicioso torrente de agua que permanentemente baja por ellos, lo degollase para lavar el honor de la familia (ese modo de ejecutar los crímenes de honor era una tradición bien conocida en Irán por mujeres y homosexuales). El encargado de esa tarea, su padre, había fallecido hacía dos años, pero eso no evitaría que su madre, con la ayuda de sus hermanos, cumpliese con el honor de la familia por mucho que le doliese hacerlo. Demasiado bien lo sabía.
Cuando abrieron la puerta, a Alí se le entrecortó durante unos segundos la respiración, un sudor frio se asomó a su frente y el corazón se le lanzó en un trote desaforado: entre las paredes de aquél lujoso apartamento 12 parejas de hombres se hacían carantoñas, se miraban a los ojos con deseo y bailaban abrazados como si estuviesen en el país más tolerante del mundo. En aquél piso de la zona norte de Teherán (la mejor zona residencial, ya que sus edificios, situados en altura sobre las laderas del Alborz, están menos contaminados y disfrutan de un clima más suave en verano) no había ni una sola mujer. Pero, obviando eso, en aquella fiesta no faltaba de nada. Especialmente alcohol. Hileras y más hileras de botellas de todo tipo cubrían una enorme mesa vestida con una exquisita mantelería cubierta de flores que hacía las veces de barra. En Irán está terminantemente prohibido el alcohol, pero se da la irónica circunstancia de que es uno de los primeros consumidores de alcohol del mundo. El mecanismo para comprarlo es en sí un verdadero monumento al ingenio en tiempos desesperados. Como ninguna tienda se arriesgaría a tenerlo, el método de compra es el teléfono. Todos conocen las telelicorerías más ventajosas. Pero lo más curioso no es que se compre en esa peculiar teletienda, lo mejor es el código para hacer el pedido que han inventado. Como en Irán todos los teléfonos están intervenidos, y nunca se sabe cuando un inepto policía moral va a empezar a prestar atención a tu conversación, jamás se nombra el tipo o marca de alcohol. Simplemente se acude a un complejo sistema de eufemismos. Así, si se quiere pedir 4 botellas de vodka ruso (el alcohol más popular en Irán), se pregunta: “¿Tenéis de esas infusiones de agua transparente que traen de los manantiales de Siberia?”. “Si”, contestarán. “Pues de esas me pone 4″, puntualiza uno para proseguir con la tele-compra. Si fuese un vodka finlandés el que uno quisiese pedir, bastaría con preguntar por “el líquido nórdico transparente que viene en esas botellas tan monas”. Así se va desde “la infusión amarilla” (güisqui) que puede ser “de la que beben con faldas” (escocés) o “de la que gusta en Kentucky” (bourbon), hasta el “zumo de caña de azúcar que baila salsa” (ron) o “el líquido ese tan transparente que tan bien va con la tónica” (ginebra). A juzgar por el bar de la fiesta, los anfitriones, Mansoor y Piruz, una pareja de guapos constructores que llevaban casi tres meses juntos, se habían pasado la mañana recitando infusiones, aguas, zumos y países a todos los tele-camellos de Teherán.
Firouz se empeñaba en repetirle a Alí que se relajase y disfrutase. Él había asistido a muchas de estas fiestas y nunca había pasado nada. Pero Alí no dejaba de mirar el reloj deseando que el tiempo pasase lo más rápidamente posible. Desde que habían entrado un mal presagio le había embargado y no podía dejar de pensar “que se acabe ya, que se acabe ya”. A pesar de todo, de vez en cuando se olvidaba de su mal augurio y se reía viendo a Roozbeh imitar a Mariah Carey cantando un exagerado “Dreamlover” mientras se sentaba juguetonamente sobre Yashar, su chico, que lo miraba con ojos de adoración infinita a pesar de ser notablemente más joven, divertido y atractivo que él. O a Jafar intentar darle celos a su novio, el distinguido Habib, un apuesto contable moreno que ya peinaba canas a sus 28 años, bailando con Ehsan, un espectacular rubio de ojos azules (esos hombres del norte de Irán eran tan guapos) que llevaba unos meses emparejado con Akbar, el rico ingeniero dedicado al petróleo era varias décadas mayor que él, pero parecían muy enamorados. Alí sonreía cortésmente a todo el que le saluda o hacía alguna broma e intentaba con todas sus fuerzas que Firouz no se diese cuenta de su angustia. Eran tan escasos los momentos en los que podían estar así, juntos, riendo, disfrutando de sus miradas.
Y es que en Irán es imposible pasar tiempo con otro hombre sin levantar sospechas. Mucho menos hablar pausadamente, con deleite, sonriendo encantado, mirando absorto su rostro… A no ser que la esposa esté sentada a su lado y sus hijos correteando alrededor, impidiendo cualquier intimidad, en el momento en que dos hombres que no son familia pasan demasiado tiempo juntos o intercambian algo más que los formalismos de rigor, el camarero de cualquier café, el dependiente de cualquier tienda, incluso un viandante casual, es animado a llamar inmediatamente a los pasdaran, los guardianes de la revolución islámica (en su mayoría vestidos de civil para infiltrarse de incógnito entre la población y escuchar conversaciones que puedan atentar contra la sharia), para que pida los carnets de identidad e indaguen qué relación tienen esos hombres.
Eran tantos los amigos homosexuales que se habían casado para sortear este peligro. Quizás no habían podido soportar el silencio. Porque cuando eres homosexual en Irán lo que más pesa es el interminable silencio que te acompaña toda tu vida. Alí llamaba a esa terrible vida de callar tus sentimientos, de ser un sordomudo emocional, de no escuchar jamás algo que confirme que existes: “Los silencios de Irán”. Eso somos los homosexuales en este país: “Los silencios de Irán”. Jamás podemos preguntar a otro ser humano sí siente lo mismo que nosotros, jamás de niños nos atrevimos a preguntar si lo que sentíamos era bueno o malo, jamás pudimos compartir nuestro infierno con otro homosexual, no había tiempo, si hubiésemos hablado no habríamos podido amarnos a toda prisa para evitar las sospechas, las miradas, la vigilancia, razonaba Alí a menudo. Cuando llegaba a este punto de sus reflexiones siempre recordaba su primera relación homosexual. Había sido en la universidad, cuando estudiaba ingeniería agrónoma. Al tener que desplazarse a otra ciudad, se había visto obligado a compartir habitación en un colegio mayor del campus. Quiso la Diosa Fortuna que su compañero de cuarto una buena noche se quedase dormido en su cama mientras hablaban y luego, cuando ya se suponía que llevaban un buen rato durmiendo, se fuese acercando a su cuerpo cada vez más. Hasta que lo inevitable ocurrió. Ninguno dijo nada sobre aquello la mañana siguiente (”Los silencios de Irán”), pero aquello se repitió la siguiente noche. Y la siguiente. Cuando se dieron cuenta de que aquella deliciosa fiebre por juntar sus pieles hasta que la soledad se evaporase les iba a consumir siempre que estuviesen solos, compraron cinco cerraduras y varios candados que colocaron en la puerta de su habitación para evitar que la fatalidad les llevase al cadalso. Los compañeros de residencia inmediatamente empezaron a preguntar por qué aquella puerta cerraba tantos candados. Ellos inventaron un carísimo equipo de investigación, comprado en Estados Unidos por una pequeña fortuna, para callar cualquier reticencia. Aquél amor, que jamás se discutió, habló o expresó de otra forma que no fuese la pasión más íntimamente carnal (”Los silencios de Irán”), se acabó en cuanto sus respectivas licenciaturas les fueron entregadas. No hubieron llamadas, ni cartas, ni intentos de verse, ni suspiros. Ambos sabían que “Los silencios de Irán” no tienen recuerdos.
Pasaron muchos años en los que el silencio fue total. Nunca se atrevería a preguntar a nadie “¿por qué soy así?”. Por muchas veces que hubiese querido hacerlo. Ni a un doctor. Había escuchado algún caso de un adolescente que ya no pudo soportar más el silencio y, cediendo a la tentación, le había preguntado a su médico por qué sentía lo que sentía. Había sido obligado a someterse a una operación de cambio de sexo. Porque en Irán no hay homosexuales. Por eso las operaciones de cambio de sexo son gratuitas. Las paga el estado. Es la solución que han encontrado a su sinrazón: la mesa de operaciones o la horca, tú eliges. Pero Alí no se sentía mujer. Se sentía muy hombre. Era eso lo que le hacía feliz de estar con otro hombre, poder encontrar a un igual.
Luego, un buen día, su silencio encontró a otro silencio. Un silencio que se plantó, decidido, frente a su sitio en el autobús. Bastó una mirada fugaz para saber que ambos guardaban el mismo silencio. Se bajaron en la misma parada. Haciéndose los despistados fingieron buscar una calle aparentemente empeñada en esconderse y, tras cerciorarse de que su representación había quedado indudablemente patente, finalmente se volvieron uno hacia el otro y se preguntaron por unas direcciones que memorizaron al instante. Al día siguiente Dilshad, que así se llamaba aquél silencio, se presentó en la oficina de urbanismo en la que Alí trabajaba. Pidió mil formularios para unas tierras edificables que no existían y así fueron organizando su romance. Bajo mil palabras, permisos, formularios y planos, fueron sondeando sus silencios hasta haberlo trazado a golpe de sonar. Un sonar que funcionaba bajo las palabras, dibujando sus silencios. Un mes más tarde consiguieron citarse en el apartamento que Dilshad decía querer comprar. Nunca se preguntaron nada. Preguntar por lo maldito en Irán es tan peligroso como ponerte una soga al cuello y arrojarte por tu balcón para ver qué ocurre. Entre aquellas paredes plegaron su deseo a los deliciosos recovecos de su silencio. Se amaron, se miraron, se conocieron. Y luego volvió el silencio. Con mucha cautela conseguían citarse una vez a la semana en aquél apartamento medio amueblado. Así fueron acortando su silencio. Pero un buen día llegó la noticia: la familia de Dilshad le había conseguido trabajo en otra ciudad. Un buen trabajo que nadie iba a rechazar sin tener que dar muchas explicaciones. Tampoco esta vez hubo despedidas, ni cartas, ni llamadas, ni recuerdos… sólo el silencio.
Pasaron muchos años. Tantos que empezó a acostumbrarse al silencio. Un silencio ya viejo y gastado, incluso familiar, pero silencio al fin. Como un sordo que olvida que el resto del mundo necesita sonidos, Alí aprendió a vivir en esa terrible ausencia. Pero entonces llegó Firouz. Entró un buen día en la oficina de urbanismo para arreglar los papeles de una urbanización de lujo que pensaba construir en la pujante zona norte y toda la estancia quedó subyugada. Firouz se parecía muchísimo al galán de cine Sam Derakhshani. Un morenazo, de buena estatura, apuesto, algo rellenito y con unos impresionantes ojos azules. Si a esto se suma una envidiable seguridad y savoir faire, se comprenderá que cualquiera quisiese estar cerca de aquél embaucador persa. Era difícil no sucumbir a su encanto y maneras cosmopolitas. Alí nunca comprendió qué vio en él aquél bello hombre con aires de imbatible autosuficiencia. Firouz podría haber tenido a quien quisiese, pero fue evidente en cuanto entró en aquella oficina que lo había elegido a él. Como si Alí tuviese un imán al que el hierro de Firouz no pudiese resistirse, el recién llegado obvió a todos, pasó impasible por delante de mesas, solícitos funcionarios y clientes, y se fue directo hacia el puesto de Alí. Fue un paso algo descarado, pero Firouz tenía la extraña virtud de hacer parecer lógico lo extraordinario. Nadie preguntó, nadie se extrañó, nadie cuestionó las sonrisas, flirteos y carcajadas que de cuando en cuando salían de la mesa de Alí. Incluso vieron con buenos ojos que aquellos desconocidos se fueran a comer juntos en el restaurante de siempre. Y al día siguiente. Ya al siguiente.
Así se fueron conociendo, hasta que un buen día, con la disculpa de pedirle asesoramiento sobre una casa de campo a las afueras de Teherán, le ofreció quedarse a dormir en la pequeña casita con un solo dormitorio que vigilaba las montañas del Parque nacional de Lavazan. Alí llevaba tanto tiempo deseando que aquello ocurriese que inmediatamente llamó a su madre e improvisó una reunión laboral imprevista. Esa noche, mientras escuchaban clásicos del “Sultán del Pop” Vigen Derderian, descubrieron que su piel era tan compatible como sus palabras.
Firouz era el hombre poderoso que le compraba todos los caprichos. Alí siempre recordaba aquél día en que iban andando por la calle Vanak y vio en el escaparate de una joyería una cadena de oro maravillosa. Se la enseñó a Firouz sin intención. Simplemente le gustaba imaginar conjuntos bonitos que algún hombre atractivo podría llevar. Firouz entró inmediatamente en la tienda y se la regaló. Alí no paró de pedirle que no se la comprase, pero en el fondo estaba encantado.
(continuará)
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Nivorg
9 mess hace
Guau!!! He estado enfermo 2 días y voy renqueando por las redes pero esto no lo había visto.
Ayuda para Alí (gay de Irán)
9 mess hace
[...] a la ayuda desinteresada de Amelia Pérez de las Cruces y su marido Jojo, he empezado a escribirla aquí. Creo que será un magnífico libro que dará qué pensar. [...]
Fran
9 mess hace
Bello, Shangui, Bello
Continua y gracias por compartirlo!
clara
9 mess hace
Precioso, una pasada, entrañable, etc… Sin palabras. Nos hace ver ese Teherán en blanco y negro. ¡Por favor!, esperamos el libro. Bs
Ali ya tiene asilo
8 mess hace
[...] indebida de ciertos medios de derechas del extracto de mi venidera novela sobre su historia Los silencios de Irán (que podéis leer ahí) ha empañado bastante esta celebración. Eso y la poco ética actuación [...]