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Diva feminista
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Miss Shangay Lily (Uterolandia, 1963) no cree en nacionalidades, tribus, ni géneros: “mi patria es el vientre de mi madre”, suele responder a quien le pregunta de dónde es; “mi tribu es feminista y por lo tanto sin apellidos patrilineales, nosotras creamos nuestra identidad, nuestro nombre-alma, como los esquimales Inuit”.

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Novelas
(Publicadas)



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La religión es un insulto a la dignidad humana. Con o sin ella, se encontrará buena gente haciendo cosas buenas y gente malvada haciendo cosas malas. Pero para que la gente buena haga cosas malvadas, se necesita la religión.
Steven Weinberg


Cómo apostatar

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Sin Dioses


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El anarquismo ha muerto, ¡larga vida a la anarquía! Ya no necesitaremos más el bagaje del masoquismo revolucionario o de la autoinmolación idealista; o de la frigidez del individualismo con su desdén por la convivencia, por el vivir juntos; o las vulgares supersticiones del ateísmo, del cientifismo y el progresismo del siglo XIX. ¡Tantos pesos muertos! Las mohosas maletas proletarias, los pesados baúles burgueses, los aburridos portamantas filosóficos ¡por la borda con ellos!
Hakim Bey


¿Habéis organizado ya vuestra colectividad? No esperéis más. ¡Ocupad las tierras! Organizaos de manera que no haya jefes ni parásitos entre vosotros. Si no realizáis eso, es inútil que continuemos hacia adelante. Tenemos que crear un mundo nuevo, diferente al que estamos destruyendo.
Buenaventura Durruti


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Lunes 30 de Agosto del año patriarcal 2004

DETOX, SEROTONINA BABY!

Continúo con mi detox, una idea que se opone en sus objetivos --desintoxicarse de malos hábitos y toxinas acumuladas en el pasado-- a la tradicional idéa de régimen o dieta cuyo único objetivo es perder peso --masa muscular y agua la mayoría de las veces-- dramáticamente para volver a cogerlo en cuanto caigamos en los hábitos y adicciones anteriores (que nos esperan sentaditas a la vuelta de las bestialidades que hacemos para adelgazar cual acordeón).

Con la espléndida supervisión de Paloma he perdido ya 6 cm. de cintura y seis kilos de barriga. Espero que no esté sometiendo a mi cuerpo a demasiadas carencias alimenticias por que, como podréis leer en este fascinante (aunque algo confuso a veces) artículo, la ausencia de alimentos inductores de serotonina acaban por arrojarnos a un consumo desesperado de harinas y dulces para aplacar la ansiedad y la depresión que nos induce esa carencia. El problema con ese artículo es que en otros se explica que la serotonina se acrecienta en el cuerpo con la luz, mientras que en ese se dice que es recién despiertos cuando la serotonina está en su cenit --por ello no sentimos hambre, ansiedad ni tristeza-- y a lo largo del día va disminuyendo hasta caer hacia las 4 de la tarde en su nadir --peor momento de ansiedad, depresión y hambre-- e inducirnos a romper el "régimen" para ingerir dulces y harinas que disparen el índice de serotonina en nuestro cerebro. A saber. Mi peor momento de ansiedad es la noche, desde luego (algo que confirma esta teoría).

En cualquier caso, yo, que me he pasado media vida a dieta, estoy haciendo un mestizaje de dietas y teorías y me está yendo francamente bien. Mi serotonina aún no ha muerto. Aunque según estos "la acumulación de serotonina puede impedir la erección y el orgasmo". Así que, a juzgar por mi creciente indiferencia a cualquier vida sexual que no sea una cómoda paja y mi creciente interés por lo espiritual-romántico-intelectual, debo andar muy despachado de serotonina.

Masturbarse es el mejor chocolate. Hacerse el amor a uno mismo la mejor dieta (no ignoremos que a un alcohólico --un adicto de cualquier tipo-- lo primero que le aconsejan en A.A. es que evite tener una relación amorosa que pueda provocarle una recaida por desamor). Los momentos duros hay que pasarlos solo --acompañado de uno mismo, esto es-- para divertir luego a los demás contando años más tarde cómo hemos conseguido ser tan fuertes, relativizar tanto y reirnos de nosotros mismos sanamente.

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Martes 24 de Agosto del año patriarcal 2004

EL ACERO EN CRISTAL (CARMELA YA NO SUEÑA)

Me había marchado una semana a la casa de Marbella con mis padres (mi madre, en realidad). Mami lleva dos años insistiendo en verme y pasar un tiempo juntos "como antes". Pero "como antes" es un tiempo difícil de conjugar.

Apenas me bajé del coche (Paloma es una bendición al volante) y me abracé a mi madre, mis peores miedos se vieron confirmados: ha envejecido mucho. La realidad es que pareciera que el tópico se cumpliese sin excepción: la edad se le ha echado encima de repente. En poco tiempo. No sólo ha cumplido 78 años, también los representa. Sorprende ver como esa Diosa omnipotente que me creó y a quién de pequeño veía como el único ser indestructible del universo (mi universo era ella, es cierto) se va apagando con los años y pierde esa prodigiosa fiereza que me inspiró a luchar por todo lo que creyese con vehemencia y sin miedo.

Mi madre ha sido un personaje respetado, temido y querido a partes iguales. Admirada en sociedad e infalible empresarialmente (negocio que iniciaba, negocio que era un rotundo éxito). Irónicamente, su fortísima y carismática personalidad fue la fuente de todos sus problemas con la sociedad en general y con mi padre en particular. Una mujer de su época no debía tener tanta ambición e independencia. Su marido se sentía menoscabado y la sociedad ultrajada. Quizá por eso mi madre firmó un poder en favor de mi padre apenas se casó con este y así perdió su cuantiosa fortuna, su autonomía y su extraordinario rol social (la crema y nata de Marbella a sus piés).

No importó ese forzoso traspiés auto-impuesto. Ella siguió soñando con creativos hoteles, clarividentes empresas y visonarias idéas (la primera residencia para estudiantes extranjeros en Málaga la abrió ella). Invariablemente, esas empresas eran boicoteadas por mi padre que las ridiculizaba lleno de envidia. Y el plan funcionaba, porque mi madre (ante mi maldisimulada ira) se dejaba influír y al final abandonaba los negocios en pleno cénit. Esa falta de reconocimiento fue erosionando sus nervios y su iniciativa. Se fue apagando. Entonces aparecieron las pastillas de Diazepam (como en tantas amas de casa condenadas a la vida vegetativa). A cada conflicto, a cada resistencia, los médicos recomendaban Diazepam. Mi madre acabó ingiriendo obedientemente dosis masivas hasta el punto de que ahora practicamente no le interesa casi nada salvo la lectura (otro de los amores heredados de mi madre). Siempre la acompañó en ese camino de fantasías prodigiosas. Mi padre también ridiculizaba ese hábito como buen facha analfabeto. Pero, hasta el día de hoy los libros siguen acompañando a mi madre en sus largas horas de soledad soñadora.

Todo esto y mucho más se me echó encima cuando la acompañé en nuestro primer paseo: se ha encogido, su espalda está muy encorvada, le tiemblan las manos y tiene dificultades al andar. De repente la encontré tan frágil que me dieron ganas de llorar: ¿como se había transformado el acero en cristál? ¿Había hecho yo lo correcto abandonando aquél campo de batalla que siempre fue nuestra familia?

Demasiado tarde ya. Ella hizo sus elecciones (mi padre y una obediencia a la sociedad que la despreció por ser brillante). Yo las mías (mi vida y la desobediencia a cualquier precio: mi madre me convirtió en el rebelde rabioso y combativo que soy; se lo agradeceré siempre).

El caso es que durante todo el tiempo que he pasado con ella el fantasma de una canción se instaló en mi cabeza: Sunflowers for Alfred Roy, la canción que Mariah le dedicó a su padre recién fallecido. Una estrofa en concreto me perseguía implacable: Strange to feel that proud, strong man | Grip tightly to my hand | Hard to see the life inside | Wane as the days went by | Triying to preserve each word | he murmered in my ear | Watch part of my life disappear (Qué extraño es sentir a ese hombre orgulloso y fuerte agarrarse tanto a mi mano. Qué duro es ver la vida de su interior desvanecerse según pasan los días. Intentando preservar cada palabra que me murmuró al oido. Ver una parte de mi vida desaparecer). Por más esfuerzos que hacía por ignorar las palabras que Mariah casi gimotea en la canción, las frases revoloteaban despiadadamente por mi cabeza cual cuervos en cuanto veía a mi madre acercarse torpemente a abrazarme o preguntarme qué me apetecía hacer.

Sentir lo frágil que se había vuelto mi Diosa me impulsaba a echar a correr y nunca más mirar atrás. No volver haría desaparecer ese dolor que me agarrotaba el corazón desde que bajé del coche. Maldecía la hora en que había vuelto para ver la decadencia de mi heroina. Me di cuenta entonces de que mi amor por mi madre no ha disminuido ni una brizna con el paso de los años y la distancia. Si acaso ha aumentado. Es el modo en que lo canalizo lo que ha cambiado absolutamente: ya no intento vivir su vida, sus errores y sus aciertos. No es posible.

En esos preciosos momentos en que paseábamos cogidos del brazo, "como antes", su columna vertebral derrumbada tras 10 partos (la esclerosis galopante es el precio que toda mujer debe pagar por poder traer vida al mundo, debido a la brutal descalcificación que supone un embarazo y la menopausia; pero como eso son "problemas de mujeres", nadie crea programas especialmente caros para solucionar esa terrible ironía --no digamos si has sufrido, como mi madre, una histerectomía--; las cosas serían muy diferentes si los homres tuvieran la regla, como explica ácidamente Gloria Steinem en ese ensayo), tras una vida de conflictos con mi padre y la sociedad, sus pasitos cortos como un muñeco con poca cuerda, su mirada fija en el suelo, buscando obstáculos que salvar, también acudía insistentemente a mi memoria un ensayo de Gloria Steinem que me sobrecogió hace años: Ruth's Song (Because she could not sing it). En Ruth's Song, la ideóloga feminista (y una de las mayores influencias en mi vida), escribe un ensayo en homenaje a su madre.

Comienza retratando una una mujer débil, víctima de frecuentes depresiones y sobrecogedoras alucinaciónes persecutorias, que nunca podía estar sola, recluida en sanatorios mentales eventualmente y que llenó la adolescencia de Gloria Steinem de sufrimiento. Pero poco a poco Gloria nos retira ese primer velo oscuro del retrato tardío y nos muestra a la Ruth de los años jóvenes. Una mujer absolutamente transgresora (una de las primeras editoras de dominicales del país), una lectora empedernida enamorada de la literatura, una feminista convencida hija de sufragista, una joven alegre y vivaz que quería comerse el mundo a bocados. Entonces Gloria comienza a desenmarañar minuciosamente el misterio de tal transformación. Nos cuenta como la sociedad fue rompiendo con pequeños boicots cotidianos el espíritu de Ruth hasta convertirla en la esposa dependiente y asustadiza que se sentía culpable del fracaso de sus sueños. La mujer de frágil mente que nunca quería estar sola empieza a cobrar sentido.

Gloria nos recuerda una historia particularmente desgarradora que su madre le contó un día y que ilustra esos pequeños boicots a la perfección. Un invierno que se quedaron a vivir en una cabaña aislada junto a un lago. Ruth solía quedarse todos los días sola con su hija y un perrito mientras su marido salía a trabajar repartiendo prensa. Los días interminables de soledad se hicieron insoportables para la mujer sociable. Un día "la radio se rompió y esa fue la gota que colmó el vaso. De repente me pareció que hacía siglos que no hablaba con alguien". Ruth decidió coger a su hijita y a su querido perrito y caminar varios kilómetros hasta la tienda local. "Sólo quería llegar allí y hablar con álguien, ya encontraría a quién me trajese de vuelta". Pero en el camino de ida, no sólo nadie la recoge sino que un camión atropella a su perrito dándose a la fuga. Ella se queda horas y horas junto a su perro moribundo con la niña en brazos, pidiendo ayuda. Nadie la ayudó. El perro murió tras largas horas de agonía en las que ella le sujetaba la cabeza sintiéndose culpable por su muerte. Finalmente, caminó con el cadaver y con su hijita de regreso hasta la casa. "No sé que tuvo ese día. Fue un punto de inflexión. Cuando tu padre volvió a casa le dije: «De ahora en adelante, voy contigo. No te molestaré. Tan solo me sentaré en el coche. Pero no puedo soportar estar sola otra vez»". A partir de entonces comienza el declive de una mujer brillante.

La pregunta no tarda en llegar: ¿por qué no la ayudaron? ("¿por qué no he podido ayudar a mi madre?" pensaba yo en realidad). Y Gloria Steinem la responde en unos concisos parrafos agazapados en su relato (que yo he releído a mi regreso en busca de respuestas). Unos parrafos que desenmascaran la compleja trama que persigue a las mujeres a través de los siglos:

Mirando atrás, quizás la mayor razón por la que mi madre fue cuidada pero no ayudada durante veinte años era la más sencilla: su funcionamiento no era tan necesario para el mundo. Como las mujeres alcohólicas que beben en sus cocinas mientras costosos programas son construidos para ejecutivos varones que beben, o como amas de casa subyugadas con tranquilizantes mientras los pacientes varones reciben terapia y atención personal en cambio, mi madre no era una trabajadora importante.


El libro en el que esa joya de la mirada compasiva se encuentra incluido se llama en español Actos escandalosos y Rebeldías cotidianas y no tiene desperdicio de principio a fin. Pero es la historia de Ruth la que a mí me ha tocado el corazón. Porque la vida de tantas mujeres admirables está recogida en esa historia. Ruth se sacrificó para que su hija escribiese su historia. Mi madre se sacrificó para que yo escriba la nuestra. Ambas cambiaron los diamantes por lápices, como explica Estrella de Diego, para entregárnoslo a nosotros. Y mientras me quede una gota de sangre seguiré escribiendo nuestra historia, mamá. Porque lo que nunca podrán quitarte es mi admiración, mi amor y mi rebeldía. Yo gritaré por los dós, madre.


No sé cuando volveré. Pero si sé una cosa: para mí, mi madre es lo más importante de mi vida. Sobre eso nunca he tenido duda alguna. Ahora sólo tengo dudas de cómo se despide uno de su vida y la sigue viviendo.

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Jueves 12 de Agosto del año patriarcal 2004

EL DONDE PERFORMATIVO
(EL DONDITIVO FRENTE A UTEROLANDIA)

Esa clásica pregunta, aparentemente inócua, que a todos nos hacen a los pocos segundos de conocernos, "¿Y tú de donde eres?", es la peor trampa patriarcal que existe. En mi particular Universo se llama el donde performativo.

Volvía de comprar unos filetes de pez espada o emperador (me encanta comer imperialistas, er, digo, emperadores a la plancha con ensalada estos días ya que servidora está en modo detox para volver a su cuerpo original reposeido por un alienígena ladrón de cuerpos gordísimo), cuando el pensamiento aterrizó en mis neurotransmisores con eléctrica certeza.

Una declaración performativa se diferencia de una descriptiva en que tiene un valor contractual: el "sí, quiero" del matrimonio, el "lo veo" de una partida de cartas, el "votó" en una mesa electoral... Así cuando respondemos al donde performativo (cariñosamente bautizado por mí --que lo he sufrido desde que me convertí en Shangay Lily con saña-- como el donditivo) con un "Soy de Málaga", o "Soy de Palencia", o "Soy Búlgaro", estamos haciendo una declaración performativa. Un pacto, que acepta el ritual tribal-social de etiquetarnos, agruparnos y clasificarnos con un: "¡qué graciosos sois los andaluces!" (por muy malaje que tú seas), un "¡Qué de pueblo sois los de Palencia!" (por mucho que tú seas licenciado en Antropología Comparativa por la Universidad de Nueva Delhi), o un "¡Qué buenos chaperos sois los Búlgaros!" (por más que tu padre sea Todor Jivkov, dictador búlgaro que pasó 35 años en el poder, nades en millones robados y esposas heterocentradas y sufrieses una amputación accidental con una segadora en los enormes trigales de papá en Argentina).

Es por esta fastidiosa tradición patriarcal, heterocentrada y machista de distribuirte en tribus (tan dictatoriales ellas como las tan traídas y llevadas castas indias) y asignarte los valores simbólicos de esa tribu a continuación, por mucho que hayas renegado una y mil veces de estos, deduciendo así si eres amigo o enemigo (olvidándose de esa entrañable figura que es la n-amiga), por lo que yo respondo al donditivo con un implacable "Soy de Uterolandia". Nada desconcierta más a un simple habitante del patriarcado que algo ajeno a las dicotomías que rigen sus vidas: bueno/malo, mujer/hombre, rico/pobre...

Mi Uterolandia tiene bastante en común con la Chora de Julia Kristeva. Aunque esta reduce su creación a los ámbitos de la semiótica (que ella opuso al patriarcal simbólico) y yo lo saco de paseo por la más feroz lobotomía capitalista.

No tiene ningún mérito mi réplica al maldito donditivo. Fue fruto del peor hartazgo. La gente me trataba de modo radicalmente diferente si pensaban que era un americáno estrafalario (oooh, rico, moderno, superior e inclasificable) o un malagueño estrambótico (aaaah, otra mariquita andaluza, como Bibi). Durante mis primeros años (ya voy por la segunda década) intenté todas las estrategias posibles. En un primer momento reafirmé mi ciudadanía americana, ello me dotó de un glamour y donaire sin precedentes. El invasor imperialista siempre es bienvenido por las clases privilegiadas (que se lo pregunten al cretino machista de Hemingway o al más cretino aún del hermano de Bush "hamigous de la drepública de Ispania"). En una segunda época evitaba el tema. Aunque nunca he conocido peor insistencia que la de la gente desconcertada ante lo que no pueden clasificar. Finalmente decubrí que ante el asedio enemigo hay que tener una trinchera. La batalla va a ser larga, dura y con muchas bajas.

El colmo de la estupidéz burguesa y heterocentrada lo culmina Angel Antonio Herrera, que al principio de conocerme, seguro de su superioridad, se aprestó a definirme en su infame libro Esto No es Hollywood (una suerte de quién es quien del famoseo patéticamente despectivo), de tal guisa:

SHANGAY, Lilí. Drag tamaño NBA-Ceregumil-XXL siempre dispuesta a regresarnos a los mejores tiempos de la movida, q.e.p.d. Nunca sé qué idioma habla, pero la entiendo. Lo que ya no tengo tan claro es si entiende el idioma que hablo yo.

Unos meses después de tan desafortunado (y paternalista) comentario, yo publicaba mi primera novela en la misma editorial que a él le había publicado ese engendro comercial: Plaza & Janés.

Conste que soy consciente de que Angel Antonio me tiene en alta estima y me trata con absoluto cariño (deberíais leer algunos comentarios del librito de marras), pero su patinazo patriarcal no pudo ser mayor. Supongo que al descubrir por nuestra editora común (la fabulosa y mítica Carmen Fernandez de Blas) que yo no era ningún guiri despistado se sintió estafado y se aprestó a recolocarme en la categoría de españolito intelectualmente no vegetativo.

Lo cierto es que ni lo uno ni lo otro era correcto. Yo soy de Uterolandia, ese constructo metafísico que declara la importancia que la Madre --la mujer-- tiene como patria y generadora de vida y riquezas. Un territorio subversivo intrazable en los mapas del patriarcado y sus repulsivas secreciones simbólicas dualistas. El patriarcado nunca ha querido reconocer el valor económico y de P.I.B que las mujeres significan en el planeta (¿un 99 %?).

Sólo os cuento esto para que la próxima vez que os apliquen el donditivo seáis conscientes de lo que está pasando: el sistema os está recordando que la jerarquía es inquebrantable, su estrategia de poder feroz, y debéis identificaros para que se os juzgue de acuerdo a vuestra categoría (no es igual un vasco graciosillo que uno andalúz o un catalán empresario que uno gallego) y se os pueda tener localizados y suceptibles de técnologías de control... Hasta que le dices a la Máquina que tu patria se llama Uterolandia y dan dos pasos hacia atrás. Deconcertados. Con un evidente rictus de horror: eres el vector que mi adorado Deleuze llamaba línea de fuga. Un rizoma que no escribe libros-aparato de Estado sino libros-máquina de guerra.

Globalización feminista radical, hermanas.

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Viernes 6 de Agosto del año patriarcal 2004

DHARMA [SOBRE LA IMPERMANENCIA Y LA MUERTE]


El tiempo convertirá en fantasmas todas las preocupaciones que me ahogan, todas las incertidumbres que me acosan y todos los placeres que persigo. Por lo tanto, contemplaré la realidad de mi propia muerte para poder entender lo que es verdaderamente valioso en la vida.


Porque mi muerte puede llegar pronto, pagaré todas mis deudas, pagaré todas las injurias y no tendré diferencias con nadie.
Porque mi muerte puede llegar pronto, no malgastaré mi tiempo repasando viejos errores, sino que utilizaré cada día como si fuese el último.
Porque mi muerte puede llegar pronto, prefiero purificar mi mente antes que acicalar mi cuerpo.
Porque mi muerte puede llegar pronto y separarme de los que quiero, desarrollaré el desapego y la compasión antes que la posesividad y el interés.
Porque mi muerte puede llegar pronto, usaré cada día íntegramente, sin desperdiciarlo en objetivos infructuosos o en anhelos vanos.

Del testamento final de Longchenpa
(maestro Dzogchen del siglo XIV)


Crucé la calle ensimismado. Lo reconocí apena lo vi: El Pasado. Me saludó efusivamente y se ofreció a acompañarme. Yo sabía que él sabía. Se lo pregunté:

- ¿Sabes algo de Salva? -Salva fue mi primer amor. Muy anterior a Poli. Nos separamos por que él quería ser chapero. Ese era su sueño. El Pasado fue su primer "protector" hasta que, tras muchos intentos por retenerlo con dinero, Salva lo abandonó para marcharse a vivir a Amsterdam. Según El Pasado, allí se enganchó a la heroina. Me lo contó en un encuentro anterior.

- El niño tiene la enfermedad. Hace tres años le deshauciaron. Desde un hospital llamaron a su familia para que viajase a Amsterdam para verlo antes de morir y todo. Pero creo que se recuperó. No lo sé. Estaba muy, muy mal. Desde entonces no sé nada de él.

¡ZUMP! Un golpe seco. Sordo. Violador. Intruso. Medular. Trepando en todas direcciones.

-¿El SIDA? -Yo necesitaba ratificar que su eufemismo se refería a la maldición que me había arrancado a Poli hacía pocos días (y a tantos... a tantos).

-Sí. Es que era insaciable. Era un ninfómano. Conmigo follaba tres veces al día y luego salía a buscar más... Nunca tenía bastante. -A El Pasado le encantaba restregarme esos detalles íntimos. Durante mucho tiempo sintió unos celos enfermizos por mí y me miraba con triunfal desdén desde que Salva se fue a vivir con él. Siendo 30 años mayor, para él Salva sólo era una preciada conquista. Un trofeo que enseñar en Maricalandia. Nunca comprendió que el valor incalculable, el acicate que me enamoró durante años, la deslumbrante luminiscencia que bañaba a Salva, era su pasión por la vida, su sed de probar todo, su terror de no correr lo bastante deprisa en la dirección contraria a su vida familiar amortajada en un barrio obrero. Salva estaba enamorado de los sentidos, de las sensaciones y de la vida libre. Amaba el lujo de sentirse bonito, vivo, deseado, omnipotente....

Me despedí y me metí en el Champion para esconder mi desolación y mi enfado por pensar en pasado (No, no. ¡No! ¡Te lo prohibo!. ¿Escuchas? ¡Te lo prohibo! Él sigue vivo. El ha sobrevivido. Sólo con sonreir podía vencer cualquier cosa...). Entre los nestís y los zumos con Omega-3 me derrumbé un buen rato. No dejé de llorar todo el camino de regreso. En toda la tarde. ¿Ahora qué? ¿Ahora cómo? ¿Ahora donde escondo a mis héroes para que no llegen las manos del dolor arrancándolos de mis recuerdos henchidos de orgullo? No sigáis borrando sus sonrisas en mis recuerdos. No le dibujéis más lágrimas. Mis mitos se tambaléan justo cuando más los necesito.

Maldito verano. Maldito verano. Que me estás arrancando los sueños a bocados. ¿Cómo puede hacer tanto frío en un verano tan caluroso?

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