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Domingo 29 de Enero del año patriarcal 2006
EL PARADIGMÁTICO CASO JT LEROY (O SOBRE LOS TIEMPOS DEL SOLAPISMO ILUSTRADO)
Mi admiradísimo Roberto Enríquez lo trajo a mi atención. Poco después indagué a fondo el escándalo y no salía de mi asombro: es el paradigma absoluto de la penosa situación que los amantes de la creación sufrimos en los tiempos corrientes (y utilizo el término corrientes en sus dos acepciones: actuales y mediocres).
Resultó que el protravesti de la modernidad que todos habíamos leido con la vana esperanza de encontrar por fin en el mundo de lo comprable la ignorada voz de la diferencia, el soberbio Ganímedes devenido catamito que se declaraba alternativamente chapero homosexual / heterosexual recuperado por obra y gracia del amor de Asia Argento / transexual protoqueer evadido de toda estrategia identitaria, el puto redimido por la america profunda que todos los estigmatizados veíamos abrirse paso por entre el sucio río de conformismo mimético que las gigantescas corporaciones editoriales aceptan como literatura y la masa compradora sustenta con sus previsibles euros, el púber homosexual con más reinvenciones que Madonna (igualmente convenientes todas), el salvador que nos lanzaba el mensaje de que es posible sobrevivir y triunfar sobre la ignorancia del patriarcado, el mesiánico seropositivo que consiguió no pocas simpatias al convertirse en el penúltimo representante del SIDA en las artes... era una cuarentona de clase media acomodada en Brooklyn, felizmente casada y sana como una matrona jubilada. Sí, el autor maldito obligado por su madre a prostituirse con camioneros hasta contraer el sida, ese que los grandes iconos de la literatura y el (¿anti?)star-system americano como Dennis Cooper, Winona Ryder o Gus Van Sant habían admirado, apoyado y encumbrado hasta el más glamuroso pináculo del reducto artístico underground del hollywood-¿anti?-sistema (no es un oximorón, es un concepto desgraciadamente existente como te dirá Courtney Love), el paradigma de la modernidad divergente que se había consagrado con el nombre JT Leroy a base de aparecer en contadisísimas presentaciones con una peluca y gafas de sol sin hablar con nadie y tiritando de timidez o sobredosis (nunca se supo), era un fraude creado por una ama de casa de edad media que había plantado a la hermanastra de su maridito (un psiquiatra que supuestamente había rescatado a Leroy y le había animado a escribir) como imagen pública del celebrado autor maudit.
Apenado por ver confirmadas mis peores sospechas, continué mi indagatoria. Me encontre reflexiones muy cercanas a las mías por el camino:
* Este periodista nos recuerda que "quienes publican, promueven y comercializan estos fraudes no son bromistas inocentes e incorregibles, sino poderosas corporaciones para quienes la verdad parece ser apenas otro producto en la línea de producción, plausible de ser modificado en consonancia con la ley de la oferta y la demanda".
* Este otro columnista desvela la pandemia que ha ido consumiendo al mundo literario hasta convertirlo en un reducto de mediocres repetidores de creación (cual compañía telefónica se repite la señal original hasta hacerla llegar a los más recónditos rincones de pureza incontaminada): el solapismo ilustrado hace su entrada en la mesa de ventas y lo que vende ahora el la pose del autor supuestamente maldito y anatemizado por el sistema (algo sospechoso que ese mismo sistema lo encumbre), no la genuina multiplicidad del creador-terrorista crítico tan difícilmente vendible o reducible a las simples estrategias unívocas del marketing capitalista.
* Susie Bright, e-íntima, renombrada editora e incondicional impulsora del fenómeno alternativo JT desde sus comienzos, tras descubrir el engaño de su e-migo (todo por vía electrónica, nunca se vió con el/la en persona, a pesar de las repetidas llamadas al borde del suicidio a las 4 de la madrugada, las larguísimas conversaciones y sus interminables e-mails) se ha lanzado a denunciar la verdadera ascensión a los altares de la modernidad de JT. Muy feo todo. Incluso analiza el esqueleto simbólico de esa perfecta publica personae que la ex-rockera de Brooklyn, muy conectada con el mundo editorial, creó para su JT Leroy con el fin de vender los torturados best-sellers que tanto éxito le han dado, literatura para modernas sin criterio (la inmensa mayoría).
* Hasta el Santo Grial de la izquierda americana, irónicamente un periódico del Reino Unido, porque en los EEUU no se puede encontrar un sólo periódico de izquierdas (no vale el semanal Village Voice), mi siempre estimado The Guardian, dedicó un completo vademecum al tema en el que aseveraba cínicamente que "tras verlo repanchingarse a escuchar a celebridades como Tatum O'Neal, Winona Ryder, Bono, Billy Corgan, Conor Oberst, Bryan Adams, Nancy Sinatra o Courtney Love (alguno de sus fervientes admiradores que hacen lecturas de su obra gratis) uno puede asumir que hoy en día hay más famosos enganchados a JT LeRoy que a la Cienciología".
* Del admirable Roberto Enriquez, el insaciable investigador con alma y ojos de dulce niño con el que abrí esta entrada, me quedo con una interesante reflexión que él toma prestada de Stephen Beachy, el autor del reportaje del New York Metro que ha destapado todo este asunto: "la vida de JT Leroy parecía ser la historia de final feliz que (Norte)América valora tanto. Pero, tal vez (Norte)América no sea precisamente la tierra de las oportunidades, donde los adolescentes chaperos se convierten en escritores de éxito, sino ese gran mercado sin escrúpulos donde pueden inventarse conmovedoras historias "reales" de adolescentes víctimas del abuso sexual y convertirlas en exitosos productos gracias a un buen marketing; otro disfraz para Halloween". En ese tonificante paseo por el pensamiento ajeno estaba servidora D'usté, cuando recordé que hace tiempo que la gente no compra literatura sino al autor o a la marca creada por este y la editorial corporativa de turno en la solapa. Así se inventan a perfectos provocadores que nunca han provocado nada, a rebeldes cuestionadores que cuando acaba la rueda de prensa no cuestionan nada, a terrorístas del intelecto cuya única intención es ingresar en la Orden de los Comprados más cercana, a disientes que no disienten de causa alguna que no sea la marcada, a desalmados inconformistas que sólo son obedientes funcionarios del terrorismo de estado que se conforman con un alma religiosamente preconfigurada. Eso es el Solapismo Ilustrado: encumbrar a canallas corporativos, divergentes anti-sistema cuya revolución sólo puede vivir en la ficción. Porque de hacerlo en la vida real, en el sofocante mundo del capitalismo manipulador, jamás serían sustentados por un sistema omnipotente que no admite divergencias. Sé de lo que hablo, creedme: si sólo aparentas ser peligroso eres un producto vendible, pasto para esas conformistas juventudes con sus 15 minutos de rebeldía, hijos del capitalismo sin mucho fondo que no quieren demasiadas complicaciones sino resultados rápidamente digeribles (en sms-pásalo, si es posible). Pero si realmente lo eres, peligroso, digo, te vuelven invisible. Y por mucha exposición que consigas, nadie puede seguir una revolución invisible. Lo he vivido muchas veces: por más que grites, por más que elabores con precisa lógica un croquis de las escasas vías de escape, por más que dibujes los planos de la opresión frente a las masas de lobotomizados funcionarios del patriarcado, ese ejército de muertos vivientes que cada día es programado por la propaganda, nadie te ve o, peor aún, nadie te considera una opción real, seria, genuina (ironías de la vida, el poder ha conseguido hacer pasar por irrisorias las verdaderas amenazas). Prefieren escoger la opción falsa, la alternativa revolucionara que las compañías les han vendido como genuina (me enfurece tanto cada vez que veo ese repugnante anuncio de un coche en el que Nina canta a la revolución para desactivarla: "aint got no shirt..."). Sólo es una cómoda pose inconformista (los raperos americanos encabezados por Eminem saben mucho de esto).
Mi amada Lucy me dijo una vez: "no deberías firmar tus novelas como Shangay Lily.... yo nunca compraría una novela escrita por una drag queen o alguien con ese nombre". Aquél comentario me entristeció y fue causa de muchas y acaloradas discusiones entre ella y yo. No quería aceptar que el poder nunca te va a dejar evadirte del sistema patriarcal, del sistema patrilineal de identificar y someter tu vida con nombres que son etiquetas para que la población premie al elegido y castigue al divergente. Pero por mucho que yo me siga empeñando en presentar un frente ideológico honesto, una estrategia para demostrar que se puede ser diferente, sin etiquetas reconocibles, patriarcales, gerontofóbicas o nacionalistas, y conseguir una plataforma que difunda tu mensaje alternativo o una base de lectores que te apoye, es obvio que cada vez estoy más lejos de conseguirlo. Porque cada vez que me he salido de la casilla que se me había asignado (drag-queen-divertida-frivolona-televisiva-sin-mensaje) he sido castigado con la invisibilidad que las bolleras, transexuales no sexuadas y feministas tan bien conocen.
Por eso dejé de ir a la feria del libro. Al fin y al cabo, si sientas a una idealista degenerada que se empeña en escribir libros-máquina de guerra frente al libro-máquina de Estado (amado, amado, amado Deleuze) y a una pragmática bussines-woman con rebozo anti-sistema / lesbico-bisexual en una caseta de la feria del libro, imagina quién tendrá la mayor cola de compradores (me niego a llamarlos lectores con criterio).
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Domingo 22 de Enero del año patriarcal 2006
CUANDO YA NO HAY RESPUESTAS
Hoy me he dado cuenta de que no hay respuestas. Ya sabéis, las preguntas de siempre: ¿por qué estoy aquí?, ¿que pasará cuando deje de estar?, ¿cuándo quiero dejar de estar?... Me las he he hecho cada mañana duranto los últimos cuarenta años y me he pasado media vida esperando la respuesta. Pero hoy, por primera vez en años, he tenido la certeza plena de que no existen esas respuestas.
Ha sido, como todas mis iluminaciones, mientras me duchaba. Pero no sólo he descubierto esa verdad inefable, también ha pasado algo maravilloso: a la vez he sido consciente de que aunque sepas que no hay respuestas, nunca debes dejar de preguntar. Porque, intentando formular más perfectamente la pregunta es como he aprendido, me he enriquecido, he evolucionado, he crecido... he vivido. Y es que la vida es una larga pregunta.
Entonces me he dicho, me he preguntado: ¿Acaso he madurado? ¿He llegado a ese hermoso punto de la iluminación en el que preguntas para vivir? Y es que sabes que has llegado a la madurez cuando aceptas que no hay respuestas para las grandes preguntas pero sigues haciéndolas. Porque sin preguntas no hay vida. Así llega la única respuesta posible: aunque durante un momento, una nanofracción de tu vida, un segundo quizás --y un segundo en la oscuridad es una eternidad de miedo--, pienses que, como no hay respuestas a las grandes preguntas, quizás haya llegado la hora de dejar de preguntar, no debes hacerlo. Porque entonces pierdes la esperanza. pierdes la vida.
No sé por qué he pensado todo esto a raíz de un feo sueño en el que me robaban toda mi vida por cuestionar la de otros. Quizás sea porque cuando la vida te ha curtido el entendimiento, te das cuenta de que la única habilidad que separa a las personas de los animales es la de elevarnos sobre el mundo material que se empeña en esclavizarnos y entrar en las hipótesis, las preguntas. Eso que se conoce como el pensamiento abstracto. Y eso es el arte. El arte de preguntar.
Quizás es que hoy me he levantado espeso y algo pomposo. Voy a hacer mis ejercicios de soltar pluma a ver si me reconcilio con mi sâkti divergente.
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Jueves 5 de Enero del año patriarcal 2006
AUNQUE EL PATRIARCADO SIGA GOBERNANDO, FELIZ 2006
Aparte de problemas con la página que me han obligado a desactivar temporalmente los comentarios (hasta que me pase a un nuevo programa y abandone el Greymatter, vamos) y a ampliar a 500 Mb mi espacio, la causa principal de mi ausencia ha sido una larga visita a China.
Os voy a novelar este interesante viaje, poco a poco lo iré actualizando con nuevos capítulos. Así comienzo el año como quiero pasarlo: escribiendo.
11 DÍAS EN CHINA, UNA VIDA SOBRE ULAAN-BATOR

Como podéis ver en la foto de cabecera, no he quedado muy contento con el espeluznante híbrido de comunismo y capitalismo que los chinos manejan con febril desenfreno. Cada ciudad de China que he visitado es una factoría de polución medioambiental, sonora, ideológica y espiritual que te impele a cantar mantras non-stop para rogar que ese no sea el futuro del planeta (por mucho que sepas que lo será). Por utilizar una figura retórica por todos identificable: la vida en China es como quedar atrapado en el video Ray Of Light en un karaoke de pueblo: todo es frenético, inhumano, falso, hortera y una copia exagerada que intenta suplir autenticidad con exceso pero nunca sabes a donde ir con tanto frenetismo megalómano.
Todo empezó cuando TRAVELPLAN, en pago a una gala que presenté en Fitur 2004, me propuso regalarme un viaje para dos personas al destino que yo eligiese. Yo, inmediatamente, decidí aprovechar la oportunidad para conocer la ciudad que me da nombre… en compañía de Paloma, claro.
Un año, alguna que otra variante fallida (Rusia no se visita en invierno) y varios retrasos más tarde el famoso viaje tomó forma: la ruta del dragón acogería mi persona. La razón de los retrasos no había sido otra que la imposibilidad de conseguir un grupo de 10 personas (el mínimo exigido por el gobierno Chino para controlar el desplazamiento de occidentales en su estado policial). Esta vez me informaron de que se había conseguido reunir sólo a 8 viajeros pero el gobierno había autorizado la entrada por la carencia de turismo en esas fechas.
14 de diciembre. Llegamos al aeropuerto con casi 4 horas de adelanto. La estrategia responde a la necesidad de conseguir un sitio junto a una salida de emergencia (“hay más espacio para las piernas”, nos sopló una amiga de Paloma). Aunque el trato en la ventanilla de TRAVELPLAN no es precisamente exquisito —un gañan que come un bocadillo de mortadela nos tira los billetes y se niega a darnos un plan de viaje que según él ya nos entregará el guía de Pekín— la excitación convierte Barajas en una especie de Ellis Island cañí: ¡Ozú, por fin voy a conocer el nuevo mundo!
Tras facturar mi maletón de “La Granja” (el plan es traer la mayor cantidad de trajes de seda posible para mis apariciones) y el equipaje de Paloma, dedicamos las dos horas que quedan hasta las 5 de la tarde (hora oficial de salida del vuelo) a suponer quiénes serán los integrantes de nuestro grupo: ¿la pija beckam con botas Prada que mira con desprecio a todos arrastrando a su novio yo-viví-en-london-y-soy-metrosexual por todas las salas de embarque?, ¿la pareja de venerables maricas mayores que buscan con la mirada al chapero de turno?, ¿la señorona determinada que organiza todo ignorando a su marido embutido en una horrenda blazer azul?, ¿los dos maricas jovencitos que sonríen a todos como si fuesen los integrantes de su próximo trío?... No acertamos ni uno.
Cuando ya estamos a bordo del Airbus, una gozada de aparato sabiamente elegido por Air Europa y por lo tanto por TRAVELPLAN, un sonoro glup se clava en mi garganta: nos enteramos de que el vuelo dura 11 horas. Por más que los simpatiquísimos auxiliares de vuelo se empeñen en decir que eso no es nada y que ellos van a volar desde Pekín hasta Shangai sin descanso para regresar a España pocas horas después en una especie de maratón aéreo, yo me alegro de no haber tomado demasiado Nestea y agarro con fuerza mi Ipod y mi mini-biblioteca. Esto va a ser muuuuy largo.
Afortunadamente, por las fechas, el vuelo va vacío, así que Paloma y yo nos hacemos con sendas filas centrales de cuatro asientos y cruzamos serios votos de dormir durante todo el vuelo. Yo no consigo conciliar el sueño por más peras y manzanas que cuente (siempre me atranco en la duda de: "peras con peras y manzanas con manzanas… es homofrutosidad, ¿no?"), así que me leo de un tirón el primer libro de los tres de Patricia Duncker que compré en Berlín: Hallucinating Foucault (espantosamente traducido al español como La locura de Foucault). ¡Qué maravilla de texto! Delicado y apasionado a la vez, te traslada a un universo feminista y literario en el que mujeres fuertes siembran el mundo con intuición mientras los protagonistas, hombres homosexuales, descubren la maravilla de los pequeños detalles, de las periferias, del mundo invisible de la locura y de la verdadera cordura… Lloro unos minutos ante tal belleza y me congratulo de tener las dos siguientes obras de la Duncker en casa. En un arrebato de amor literario, me dispongo a devorar el Shanghai Baby de Wei Hui, pero el monólogo preliminar de la petardísima protagonista —“Mi nombre es Nike, pero mis amigos me llaman Cocó (como Cocó Chanel, esa famosa señora francesa que murió a los noventa años, mi ídolo número dos; el número uno es Henry Millar, naturalmente)”— me duerme en pocos segundos y sueño que he vuelto al sur de Francia junto a los protagonistas de Patricia Duncker para liberar a todos los locos y locas del manicomio. ¡Qué felicidad!
A eso de las 5 a.m. (hora local) me harto de luchar con las mantas que he puesto sobre los burujones que hay entre asiento y asiento, de recoger las micro-almohadas que se desparraman por todo el pasillo causando malhumorados tropezones, de intentar encontrar una postura en la que no se me duerman las extremidades y de pretender no escuchar los continuos gargajeos de mis vecinos chinos, así que me traslado a los asientos originales y levanto la cortinilla de la ventana que el auxiliar de vuelo bajó nada más caer la noche. Me encuentro un cristalino amanecer sobre una panorámica desoladora, majestuosa, indomable, bellísima: estamos sobrevolando Novosibirsk, Siberia.
Un infinito manto de montañas blancas se extiende hasta donde la vista llega y más allá, haciéndote sentir tan pequeño, tan frágil, tan indefenso, que temores ancestrales --la soledad frente a la naturaleza-- secuestran tu imaginación. Miles de kilómetros de nieve incorrupta, elevándose desde heladores valles o rompiendo desmayadamente la monotonía de inabarcables estepas de hielo, convierten el paisaje en un panorama tan ajeno al género humano, tan ancestral, tan ignoto, que obliga a meditar mucho sobre la supervivencia y los privilegios de tu vida europea. Esa existencia no sería posible aquí. Ninguna existencia sería posible aquí... No sé si me aterroriza más la profunda atracción que siento por esta indomable soledad o la ausencia de vía de comunicación alguna. No dejo de pensar que si cayésemos aquí no habría a donde acudir.
Intento localizar desesperadamente algún indicio de vida pero nada, sólo impertinentes oleoductos recorren estos parajes. Cuando ya llevamos muchos miles de kilómetros así, comienzo a ver junto a los interminables oleoductos que recorren estas estepas y montañas con incansable determinación capitalista, alguna pequeña construcción cuadricular que te hace pensar en la soledad de quién ahí pase su confinada vida. ¿Podría yo? Te preguntas cada mil kilómetros. ¿Habría sido otro yo sin mis privilegios? Te respondes en cada gélida aldea que aparece.
Para cuando nos aproximamos a Ulan Bator (Mongolia), el paisaje ha sido tan sobrecogedor, tan solitario, tan imponente, que has quedado atrapado en la era glaciar y acompañas a los neardentales en sus milagrosas migraciones transcontinentales. ¡Qué grandioso continente el Euroasiático! Sólo cuando me doy cuenta de que ya están sirviendo el desayuno, caigo en la cuenta de que ya he pasado toda una vida en Ulan-Bator. Y una vida en Ulan-Bator da mucho que pensar.
POR EL HUMO SE SABE DONDE ESTÁ… CHINA
15 de diciembre Llegamos a Beijing a las 10 hora local. Con nuestros visados y nuestros mil papelitos de declaraciones rellenados para pasar la aduana. Salvo el llamativo hecho de que todos fuman como carreteros, nada destacable ocurre durante mis primeros 20 minutos en China, salvo que una policía de entrada me enseña a decir gracias: “Xie xie”. Nos recoge el guía —alto, delgado, nada simpático, con aire de convencido miembro de las juventudes comunistas y gesto severo que esconde un absoluto desprecio por los occidentales— que nos dice que nos agrupemos junto a unas taquillas del feo aeropuerto de Beijing. En principio nadie del grupo parece reconocerme. Bien.
El guía NO entrega itinerario alguno y se limita a gritarnos de bastantes malas maneras, con un deje militar que me repele, que le sigamos al minibús que nos transportará por Beijing. Al cruzar la puerta del aeropuerto me doy cuenta de que hace un frío horrible (-10º C), que huele a goma quemada y que la calle está llena de mendigos que me persiguen intentando llevarme la maleta (soy oficialmente la gorda ricachona del grupo). Mi estatus culmina en una escenita en la que una pobre mendiga llena de pupas y heridas, envuelta en harapos que no disimulan su abrasada piel, me tira de la maleta con una dolorosa sonrisa. Yo me niego a soltarla, iniciando así una patética rutina dúo-cómico, de payaso tonto-payaso tonto hasta que el guía le grita con absoluto desprecio y la echa. En el minibús nos explica que son indigentes que han venido del campo y que no hay que darles dinero. La mayoría tendrá una vida muy corta y muy sufrida... bienvenidos a la gran República China, sede de la corrupción más voraz del planeta y madre de todas las desigualdades.
Tras la presentación oficial del guía (con una gracieta horrenda en la que primero afirma que se llama “Pujol” porque le gusta el Barça y después que se llama “Guti” porque también le gusta el Real Madrid, al final reconoce que se llama Li Xi), llega la primera sorpresa del viaje: no vamos a pasa por el hotel, vamos a ir directamente a la primera visita, luego a comer un menú típico chino y ya por la tarde al hotel.
Tras recorrer una ciudad monstruosa con autopistas a modo de calle (todo parece la M-30 y las barriadas periféricas adobadas con monstruosos rascacielos) y gigantescos atascos plagados de mercedes, audis y cadillacs con cristales tintados por doquier, casi dos horas más tarde llegamos al destino. Con el jetlag tan monstruoso que tenía, si me enseñan el restaurante “Cantora” y me señalan a Isabel Pantoja como el último emperador me habría parecido un perfecto ejemplo de la grandiosa magnificencia china, pero nuestra primera visita es más surrealista aún: nos plantamos en el Templo del Cielo a -10ºC y resulta que como está andamiado nos tenemos que limitar a ver los andamios desde afuera mientras Li Xi nos explica tipo autómata no se qué de los cereales y la buena cosecha obviando que todo el sitio está arrasado y no le han dado ni una manita de pintura desde que Buda tenía cinturita de avispa y se llamaba Siddharta.
A continuación nos arrastra por un parque bastante soso para pasearnos a marcha militar por una galería repleta de freaks, que hacen como que viven la vida tradicional china mientras nos piden dinero por mirarles jugar al mah-jong, tocar música, pintar o hablar de sus cosas y que parecen talmente los trileros de sol.
Yo no salgo de mi estupor: mientras Li Xi recita con convicción, sin aminorar la marcha, un grandilocuente “desde tiempos inmemoriales los pekineses vienen aquí a disfrutar de su tiempo libre y alternar”, un ejército de mendigos nos ofrece de todo agarrándonos de la ropa y gritándonos en la cara… evidentemente el concepto de "alternar" es distinto en China, me digo.
Evidentemente, este parque ha visto tiempos mejores, pero ahora sólo es otra forma de mendicidad que no comprendo como el gobierno permite. En Ejpaña no me veo a un guía enseñando la zona de cruising del parking de ventas o del retiro para que los turistas se hagan fotos con un trío con poppers (y mira que a mí eso me parece mucho más sugerente… nota: proponer a los guías de Madrid). Mi impresión de que este país está sumido en una pobreza brutal que el gobierno explota se va confirmando. Ya me habían hablado de la corrupción en China, pero esto es impensable en la supuesta 6 potencia mundial.
Tras el maraton de parques, llegamos a un paseo con una banda central en piedra pulida de 2 km de largo reservada para el emperador y que va desde el el Templo de las Rogativas por las Buenas Cosechas (el que estaba andamiado y no vimos) y el Templo de la Bóveda Imperial del Cielo (en el que me hice fotos en las que se percibe el deterioro de sus paredes y maderas). Ver la cara de frío, indiferencia y cansancio de todo el grupo, galopando a duras penas por este helador pasillo en el que de repente nos encontramos a dos ancianas que andan hacia atrás rezando (la extraña explicación de Li Xi es que así se vive más tiempo, recorriendo el tiempo hacia atrás), me induce a la risa floja. No paro de hacer chascarrillos hasta que llegamos al nuevo templo cuyo gran aliciente es un muro redondo con eco en el que se oye perfectamente lo que alguien susurra desde un extremo y en el que el emperador también rogaba…

Penoso. Todo está absolutamente abandonado y paupérrimamente conservado. Este templo no tiene el valor que se le pretende otorgar y encima no se puede entrar. En realidad el problema con China, me enteré al investigar, es que han arrasado con todo, así que templos nada espectaculares como este (la Alambra es millones de veces más refinada y sobrecogedora) se convierten en algo único porque… ¡es el único templo que ha quedado en pie en toda China!
Resumiendo, lo que se llama Templo del cielo se compone de tres construcciones: el Templo de las Rogativas por las Buenas Cosechas (el que estaba andamiado y no vimos), el Templo de la Bóveda Imperial del Cielo (el que tiene el muro circular con eco y en el que sí me hice fotos) y, finalmente, el Altar de la terraza Circular (lo último que vimos, ateridos de frío y constatando la insufrible polución que asedia a Pekín), compuesto por tres terrazas que corona una superior con una piedra circular llamada “Corazón del Cielo” (ya sé, ya sé, yo también temí ver aparece a Anne diciendo eso de "ho-la, cora-zones" pero afortunadamente no ocurrió) sobre la que todos se hacen fotos porque es un lugar donde antes sólo se podía poner el emperador (al igual que toda una banda central del camino por la que sólo podía pasar el emperador y todos pisábamos con enjundia).
Lo que más me llamó la atención fue el placer y deleite con el que Li Xi hablaba de los emperadores y su caída. Conste que a mí el único emperador que me gusta es el que yo me hago a la plancha con ajito en mi casa, pero había algo muy demagógico en el modo de hablar de la grandeza de la nueva china que me irritaba bastante. Poco a poco el carácter prepotente y paternalista de los chinos empezó a revelarse. Todo era más grande, más antiguo y más innovador que en occidente, una simple copia de su historia.
Tras la mencionada marcha, por fin nos meten en el microbús y nos llevan al primer restaurante. Yo, que había alardeado de no hacer como otros turistas y obligarme a comer exclusivamente comida china, me enfrenté a lo erróneo de mi resolución. Para empezar, el guía desapareció del gigantesco salón tipo turista-a-granel y no nos explicó nada de la comida. Para seguir, la comida era insulsa, aceitosa y falta de gracia. En pocos minutos todos comíamos las mismas tiras de loto con sésamo y picante o el arroz frito. Todo se parecía penosamente a la comida china en España. Una decepción. Apenas habíamos acabado de comer, mi principal martirio en China comenzó. Uno de los del grupo se pone a fumar sin pedir permiso o preguntar a nadie. Entonces me doy cuenta de que en China se fuma sin parar en todo momento y lugar: entre plato y plato, meando, en los ascensores, en los hospitales, en las pescaderías, en tu cara... un horror. Menos mal que en mi habitación nadie me estaría echando humo a la boca.
Afortunadamente, llegamos al hotel y descubrimos que es un Marriott, el New World Courtyard Beijing forma parte de uno de los principales centros comerciales de la ciudad y está muy bien acondicionado.
Pero las broncas no han hecho más que empezar, en recepción nos piden la tarjeta de crédito a todos para cobrar lo que consumamos en el minibar o porno. Yo me niego y el grupo me sigue. Como castigo a nuestra pequeña rebeldía, quince minutos más tarde, tras haber ignorado la descarada petición de propina del botones empeñado en meter la maleta en mi habitación y no irse hasta que le de algo (le acabo echando), llega un señor con mala cara y un saco y, sin mediar palabra, me vacía el minibar, me mira con desprecio y se marcha. ¡Increíble!
Por otro lado, las almohadas son deliciosas, la cama dura como a mi me gusta, la vista desde la ventana es espectacularmente urbana y en la tele localizo, entre una catarata de cadenas en chino que son copias lamentables de los canales americanos, un canal de música (Channel[V]) que me sorprende emitiendo el felliniano, avant-garde y perfecto Oh Sailor de Fiona Apple y la HBO Asia que emite películas en inglés. Servidora se va a meter en la durita cama a ver la tele hasta dormirse, porque el mareo no me deja ni andar.
Apenas llevo cinco minutos esperando que aparezca algún video de Mariah (sólo al día siguiente veo varias veces Get Your Number, me consta que es la diosa en Asia), cuando me doy cuenta de que me muero de sed y de que, tras haberme bebido las dos minibotellitas deferencia del hotel, no tengo agua. Llamo a la habitación de Paloma, que tal anda, y nos organizamos a duras penas para salir a buscar una tienda con agua embotellada y algo de comer.
Nos arrastramos hasta la calle y empezamos a caminar sin detectar nada que nos indique una tienda. Yo, desesperado por el cansancio, me meto en una puerta cubierta por un hule de la que veo salir a muchos chinos con bolsas y... voilá! Es un mercado enorme lleno de coloridos puestos de frutas, verduras, pasta, patos, mil especies, dulces (dos sonrientes dependientas, que no dejan de reírse con absoluto candor cada vez que me ven pasar, preparan en una plancha una especie de crepes crujientes servidos en un cucurucho que prometen), tes, chucherías (exactamente iguales en diseño a las de occidente pero en chino, muy gracioso ver las bolsas de Fritos o las patatas Ruffles o el Tablerone en chino), arroces… Fascinados con esta explosión de color, tardamos varios minutos en localizar el agua. Finalmente la encontramos en un supermercado al fondo. Prometiéndonos regresar, nos volvemos al hotel y nos metemos en la cama a las 9 de la noche sabiendo que a la mañana siguiente debemos desayunar a las 7 para salir a las 8.
EL ÚLTIMO EMPEORADOR
16 de diciembre. Mis alteraciones de sueño no remiten ni con el jodido jetlag. A las 4.30 de la mañana me despierto con los ojos como platos y decido recargar mi iPod. Los enchufes de la habitación son americanos o triples. Necesito un adaptador. Llamo a un servicio de habitaciones y allí me proponen que, como no he dejado la tarjeta, le dé al botones un depósito de… ¡500 yuanes! (50 euros)... Bueno, acepto pagar por el puto adaptador y con una celeridad milagrosa (siempre que hay propina) sube el botones, pero al final resulta que ya tenía un adaptador bajo la mesa y no lo necesito. Cargo el iPod y a las 7 le hago una foto a la vista desde mi ventana (el hangar gigantesco es el mercado) y bajo a desayunar con Paloma.

Lo más característico es una sopa de arroz llamada congee que yo, firme en mi propósito, decido desayunar hoy con alguna de las pequeños acompañamientos que rodean al samovar en el que se mantiene caliente. Escojo un cuadradito naranja, se lo echo al congee, sorbo (sabe a arroz hervido), con los palillos me meto el cuadradito en la boca y... ¡puaj! ¡Un latigazo de asco recorre todos mis neurotransmisores!… Ahora me he enterado aquí de que eso eran intestinos de cerdo amasados con especias. Puaj, puaj. Regreso al maravilloso buffet (absoluta opulencia occidental y china con seis tipos de pan) y pruebo esta vez con los dim sum. Otro error: al contrario que los que he tomado en Nueva York (donde, junto a los amuse-bouche, están muy de moda) estos son bastante bastos, chiclosos, recalentados y rellenos de una masa gelatinosa picante bastante parecida a los intestinos de cerdo anteriores o un huevo fermentado que... en fin. Finalmente me doy por vencido y me decanto por unas patatas guisadas con cebolla, tallarines y sandía. Bueno, aquí haremos un receso para aclarar que desde que probé la sandía no quería comer otra cosa: la sandía china es lo más exquisio que he probado jamás. Y la hay en abundancia.
A las 8 en punto estamos en el hall del hotel, listos para salir. Tiananmen será la visita inicial de hoy. Camino a la tristemente célebre plaza, mi mandíbula toca el suelo cuando escucho al guía decir que ha habido mucha confusión en occidente con los sucesos de Tiananmen y acto seguido se lanza a añadir sin pestañear: “en los que 4.000 estudiantes se murieron”… Yo, completamente indignado le corto y le espeto: “no se murieron, los mataron”. Él impasible, retoma su narración: “en los que 4.000 estudiantes se murieron”. Yo, atónito, le vuelvo a cortar: “los mataron”. Li Xi, sin mirarme (una táctica que utilizará habitualmente) insiste: “4.000 estudiantes se murieron por una lucha”. En China el adoctrinamiento es fulminante.
A lo largo de estos años había escuchado muchos análisis sobre la matanza de Tiananmen, pero quizás esta en la que uno de los estudiantes presentes allí analiza como el capitalismo ha corrompido a China sea la más interesante. Aunque creo que hay un mucho de manipulación y, a pesar de que siempre he estado más cercano a cualquier alternativa al sistema burgués capitalista, no estoy de acuerdo con la manipulación del individuo a favor de la masa y el sacrificio de todas esas vidas de “intelectuales” (como despectivamente los denomina ese estudiante) no me parece el camino. No admito que sea en balde el sacrificio de tantas vidas, así que insisto en defender la memoria de esas heroínas que se enfrentaron al aparato del Estado Chino junto a los obreros. Pero el guía ignora mis comentarios y se limita a tratarnos como a una tropa de adolescentes a los que hay que mantener disciplinados a base de obstinanción y despotismo.

Por suerte o por desgracia, las figuras autoritarias irreversiblemente tienen el efecto de despertar a mi salmón interno (nadar contracorriente siempre ha sido el único concepto de deporte que he practicado disciplinadamente). A partir de ese momento, con la ayuda de Paloma, convierto en mi causa enfrentarme a su despotismo: cuando le pedimos visitar el Mausoleo de Mao Zedong, nos miente afirmando que los occidentales no podemos entrar… Paloma se escapa del grupo y cinco minutos más tarde ya ha averiguado los horarios de visita al Mausoleo. Más tarde, cuando le informo de que necesito ira un baño público, me espeta que debo aguantar media hora porque no hay baños públicos en la zona. Paloma le hace saber inmediatamente que hemos dejado uno atrás nada más bajar del microbús. Furibundo me amenaza con no esperarme si me marcho. Yo, evidentemente, me marcho a los baños con mirada desafiante. Mi sorpresa es morrocotuda cuando, tras pasar un espectacular hall con televisores y militares de guardia. Me entero de que todos los baños de China son boquetes en el suelo (hasta los aeropuertos carecen de retretes).
Tras mi aventura en pos de la micción en cuclillas, por fin nos adentramos en la famosa Ciudad Prohibida. Desde que ví El último emperador he estado deseando que llegue este momento con auténtico anhelo... mi decepción no se hará espera.
Es imposible imaginarse el esplendor de este palacio de 9.999 habitaciones paseando por los desolados restos que han quedado: ni un solo mueble o aderezo imperial parece haber sobrevivido a la Revolución Cultural o no sé a qué (a lo mejor lo tienen todo guardado en los inumerables pabellones del este y el oeste que permanecen cerrados desde siempre y que en una foto en la que parece que yo me haga a mi misma la ola, aparecen tras de mí, unos edificios altos al fondo). Incluso tomo una foto de uno de los pabellones en los que vivía P'u Yi que está abierto al turismo a pesar de presentar evidentes destrozos, un raido cojín siniestramente abandonado sobre unos bancos de madera destruida que en su tiempo debió ser exquisito cerezo pulido, todo ello aderezado con con kilos de polvo y suciedad y una estantería rasgada que se ve en primer plano por mucho que el reflejo del sol, que da de cuajo, lo difumine, te transporta al peor escenario posible de un devastador saqueo por hordas enfurecidas. Penoso.
   
Salimos por los jardines norte y, tras cruzar el helado foso que rodea a toda la Ciudad Prohibida (eso que aparece tras Paloma no es un río, sino un foso gigantesco de 6 metros de profundidad) y ver frustrado nuestro entusiasta intento de visitar la Colina del Carbón (formaba parte de la Ciudad Prohibida hasta que en 1949 plantaron una calle en medio y según esta página, que analiza el feng shui de la Ciudad Prohibida, la razón de su construcción fue que "La Ciudad se divide simbólicamente en cuatro cuadrantes que representan los puntos cardinales. El cuadrante Norte representa la orientación más Yin: aquí se levantó artificialmente una montaña de carbón, para proteger a la Ciudad del Chi negativo, es decir, de los vientos fríos y polvorientos del Norte"), nos volvemos a enclaustrar en el odioso minibús. Al parecer, debemos darnos prisa para llegar a nuestra próxima parada: “un lujoso almuerzo en las afueras”. Una vez más nos vemos atrapados en uno de esos interminables atascos de audis, mercedes, bemeuves, cadillas y cualquier coche de lujo occidental homogéneamente invisibilizado con cristales mafiosamente oscurecidos, que atestan esta ciudad plagada de colapsos circulatorios.
Cuando llegamos al patético y desierto buffet con vistas a una carretera comarcal que Li Xi ha tildado generosamente de “almuerzo de lujo” (quizás en Guantánamo), nuestra degradación se hace más que patente: entre las exquisiteces en exposición yo extraigo, con unas mugrientas pinzas de metacrilato,… ¡unas patas de pollo hervidas! Me contento con beber té helado y mordisquear un arroz más helado aún mientras el grupo disecciona extraños alimentos que uno sólo ha visto en documentales de la 2.
Aún no nos hemos repuesto del soponcio cuando el microbús hace otra sobrecogedora parada: al parecer es necesario que conozcamos el fascinante mundo de la perla china. Li Xi nos mete en una macrotienda en la que nos sientan a ver… ¡un documental de media hora sobre las perlas! Yo chequeo mis recuerdos a ver si en algún momento he conseguido probar el opio chino y esto sólo es una alucinación. No, aún estamos sentados en el saloncito de actos media hora más tarde cuando la espectacularmente guapa azafata-dependienta nos invita a abrir una ostra de su piscifactoría como premio a nuestra paciencia.
Como la finalidad de ese lavado de cerebro era que nos lanzásemos a comprar perlas como locas y sólo Paloma hace el dispendio, Li Xi, bastante cabreado por nuestro escaso consumismo, nos vuelve a meter en el microbús y nos pone ruta a nuestra próxima parada: el Palacio Imperial de Verano.
El imponente lago que preside este gigantesco palacio que la temida emperatriz Cixi convirtió en su centro de gobierno, ya justifica la visita. La historia de su construcción —porque es artificial— es legendaria: el emperador Quianlong visitó Shangai y tras ver el hermoso lago de la ciudad decidió que el lago más hermoso de China debía estar en Pekín y pertenecer al emperador. Ni corto ni perezoso, aprovechó una zona más fresca (en Pekín hace un calor infernal en verano, al parecer) a las afueras de la ciudad para dictaminar que allí se construiría un lago de dimensiones superiores al de Shangai y con la tierra sobrante se haría una montaña artificial (la montaña de la longevidad... de los esclavos obligados a construirla no, desde luego. El lago tiene una isla en el centro en la que se haya el palacio del emperador y que no visitamos.
Lo impresionante era ver el lago congelado y a grupos de chinos cruzándolo a pié (en la foto se ve como uno parece andar sobre el agua). Una pena el estado de abandono de los bellísimos pabellones que salpican el kilométrico paseo que bordea el lago. Desde esos palacetes la emperatriz Cixi administraba China y eran un ejemplo de esplendor y refinamiento. El final de ese majestuoso paseo está coronado con un espectacular barco de mármol. La nave original estaba construida con mármol y cristal (actualmente, una gran parte del barco es de madera) y era utilizado por Cixi para celebrar sus fiestas. La construcción de este barco se financió con el presupuesto destinado a renovar la Marina. El pueblo chino lo considera como un símbolo de la corrupción.
 
El silencio durante el regreso en el microbús es tan apabullante como nuestro cansancio. Sumidos en reflexiones varias, vemos la miseria de las chabolas del extrarradio pasar. El deseo unánime es volver al hotel a descansar, pero la maratoniana jornada aún nos guarda un par de sorpresas: un anodino espectáculo de acrobacia china en un teatro atestado de turistas (que yo aprovecho para dormitar y comprar una preciosa chaqueta de pura seda durante el descanso) y una cena de pato laqueado que suena bastante más apetecible de lo que es.
Derrotados, llegamos al hotel al borde del desmayo.
NIHAO*… NI NADA (LA GRAN MURALLA DE TRÁFICO)
*Hola en chino
Sábado, 17 de diciembre. El desayuno sigue siendo la mejor comida del día. Sandía, yogurt con cereales y tallarines acompañados de una suculenta verdura desconocida se han convertido en mi elección de hoy. En pocos minutos estamos en la recepción, listos para salir a las 7 hacia las Tumbas Ming para ver a continuación la Gran Muralla. Una pena que descubramos que la verdadera Gran Muralla está en la salida del hotel: otro típico atasco de varias horas es la verdadera Gran Muralla de Pekín. Estoy seguro de que estos atascos, al igual que la Gran Muralla, se pueden ver desde la luna.
Una vez pasadas las mil obras que, para empeorar las cosas, están ejecutando a toda prisa para las olimpiadas de 2008 hasta a 60 kilómetros de la ciudad, llegamos a las Tumbas Ming. Aunque su color bermellón, su gigantesco Buda, la magnífica exposición de vestimentas, utensilios y armaduras imperiales y sus patios son muy hermosos, la ausente antipatía de Li Xi no endulza demasiado la insípida visita. Pronto estábamos en ruta hacia la comida previa al la Gran Muralla.
Pero, cuando ya nos la prometemos feliz, una vez más Li Xi nos hace la jugarreta: nos mete en otro de esos talleres/tienda que a mí tanto me recuerdan a los talleres de "La Granja" (baste eso para saber hasta qué grado me repelen) cuya finalidad es vendernos algo. Este concernía al arte más característico de Pekín: el cloisonné. Tras una pesada exhibición de artesanos en faena, conseguimos salir sin comprar nada y nos sumerjimos en otra interminable caravana de coches sin pasajeros (no es que tengan una tecnología alucinante, es que los cristales tintados completamente de negro hacen invisibles a los pasajeros) que se dirigen a ningún sitio y pasan hasta por debajo de la Gran Muralla (han cortado el monumento en pro de una autopista).
Para cuando llegamos a la Gran Muralla en su paso por Badaling, a 70 kilómetros del centro, ya he escuchado mil veces las deliciosas remezclas del magnífico Don’t Forget About Us de Mariah (especialmente la de Tony Moran y la retro de Quentin Harris) que esa misma semana llegaba al número uno en los EE UU para gran deleite de sus lambs (fans, es uno de sus Mariahisms) que veíamos así a nuestra Mimi obtener su 17º número uno y el segundo con este disco.
Li Xi, en su peculiar estilo pasivo-agresivo, nos murmura de mala gana que antes de subir a la muralla que la comida será en un restaurante cercano. Los pelos se me ponen como escarpias al entrar al desértico salón de comidas que sólo nosotros parecemos conocer, pero la realidad superará mis peores presentimientos. Cuando ya llevamos unos minutos sentados en la maldita mesa giratoria (el típico modo de servir los platos en China ante cuya sola visión a todos se nos cerraba el estómago de cuajo), alguien menciona el estado de la tetera que siempre acompaña la comida (y que a mí, amante del té, me encantaba hasta ese momento). La cojo, la miro y una oleada de asco me paraliza: del pitorro descuelga un churrete marrón caca como esos de los retretes públicos de la posguerra que definitivamente nos disuade a todos: comeremos el plato de cacahuetes y el arroz blanco que sabemos que está hervido.

Tan frugal ingesta no es gran ayuda cuando subimos a la gélida muralla e iniciamos la agotadora marcha por escaleras, pendientes, bajadas y curvas sólo aderezadas por los omnipresentes mendigos y vendedores de cachibaches. A mi no me entusiasmó mucho la muralla, la verdad, pero al menos sirvió de ejercicio de calentamiento frente a los -15º C que nos curaron cual jamones serranos. Menos mal que tenemos la tarde libre y hemos planeado quedarnos en un mercado de seda para aprovecharla sin este malasombra.
Aproximadamente cuatro horas más tarde llegamos al mercado de Yaxiu. Este mercado es un centro comercial de cuatro plantas en el que se pueden comprar principalmente ropa y copias de bolsos y especíicamente ropa tradicional china y seda. Por fortuna para mí, descubro esto justo a tiempo de comprarme una montaña de chaquetas y encargar en la sastrería de seda que descubro en la cuarta planta unos pantalones a juego con estas que la encantadora modista me asegura me llevarán mañana a las 8 de la mañana al hotel. Para quien viaje a Pekin quiero recomendar esta sastrería que es exquisita e impecable en su corte. Yaxiu Silk te hace el traje que le pidas en menos de seis horas a un precio de risa.
Paloma y yo bajamos encantados con nuestras compras cuando uno del grupo se pone a gritar como un descosido. Al parecer nos había esperado demasiado tiempo para ir a cenar en grupo. Con suma cortesía les acompaño a cenar a un restaurante que dicen haber descubierto (otra mesa giratoria en la que se come mejor pero tampoco es para tirar cohetes) y resuelvo cortar de cuajo cualquier intimidad para el resto del viaje. El que evita la situación evita el peligro(sa).
DESDE PIRATALANDIA HASTA XIAN
Domingo, 18 de diciembre. La modista se presenta en mi habitación a las 8 en punto con los pantalones impecablemente ejecutados. Es increible la eficacia de estos trabajadores capaces de estar cosiendo toda la noche. Y la seda que utilizan jamás se podría encontrar en Europa. Aunque me siento culpable por secundar la explotación de trabajadores ilegales, como decía Paloma:"si no se lo compras sólo vas a hacerle una putada".
Como la mañana es libre, aprovechamos para dar un agradable paseo en las calles de Pekín en busca de una mayor comunión con la ciudad que sólo hemos visto desde el microbús o en (baratísimos) taxis. El paseo se torna desagradable a los cinco segundos a causa de la contaminación asfixiante. Paloma y yo entendemos en esa caminata por que los pequineses llevan mascarillas: andar por la ciudad es como pasearse delante de un tubo de esccape con una pajita. El olor a goma quemada, a dióxido de carbono y a química es insoportable.
Afortunadamente, conseguimos volver a encontrar una tienda de música que yo había visto el primer día y allí me doy cuenta de que los discos y deuvedés piratas es lo que se vende en todos los comercios oficiales. Las discográficas deben estar tirándose de los pelos aquí. Compro un doble de Madonna impecablemente impreso a todo lujo con el American Life, el Confession on the Dancefloor y algunas canciones del Music por sólo 2 euros. Y pronto me doy cuenta de que, aunque son exactamente iguales en calidad de embalaje (incluso superiores con impresiones metálicas iridisadas impresionantes y cajas digipack) a las versiones oficiales, los temas que incluyen son un disparate: un doble de Alanis Morissette tiene el The Beekeeper de Tori Amos en el segundo CD y el insuperable Afterglow de Sarah McLachlan aparece editado en dos versiones absolutamente distintas. Cuando le pregunto al dependiente el por qué de la diferencia, me contesta sin inmutarse que lo sacan distintas discográficas (en la caja aparecen EMI, Universal y Sony como editoras conjuntas del primero, y Parlophone, Elektra, BMG y Warner como editoras conjuntas del segundo). Preocupado por si tendrán las letras en inglés dentro, me encuentro con la afirmación del dependiente de que eso es "sorpresa". Sólo cuando lo abra sabré qué han decidido poner en esta edición los copiadores. Pronto me doy cuenta de que ponen todos los sellos que les suenan y algunos cedés tienen sonido 5.1, dts y dolby surround a la vez. Una locura que me entretiene muchísimo.
Varias horas más tarde, tras cuatro días en Pekín en los que hemos visto todos estos monumentos y una bochornosa bronca de nuestro guía con el portero del hotel al que exije que retire varios camiones de obras con gritos y amenazas entre mafiosas y de juventudes comunistas en pelotón de fusilamiento que dan miedo y te ponen de lado del pobre portero inmediatamente (todos nosotros sentados en el microbús mientras el hotel en pleno nos mira indignado), salímos hacia el aeropuerto. En el camino haremos una última parada en un hotel medianamente decente para comer un buffet aceptable.
Lo único reseñable del embarque en el aeropuerto, aparte de la malafollá de Li Xi que nos pone todos los asientos separados, es la inspección presidiaria que nos hacen en la puerta de embarque. Llegando al extremo de pedirme que abra todas las botellas de agua para olerlas con absoluto detenimiento y los bolígrafos para inspeccionarlos. Nunca sabré qué buscaban (¿GHB o nitroglicerina?). Sí sé que cuando desembarcamos en Xian, me han roto la maleta a lo bestia.
Pero, ese desastre se queda en agua de borrajas cuando nos damos cuenta de que en Xian nadie nos está esperando. Estamos perdidos en el corazón de China (Xian fue la rimera capital de China durante 13 dinastías de emperadores) y nadie sabe qué hacer.
Una meada, media hora y una crisis grupal más tarde, la guía aparece pidiendo perdón y contando que ha habido un accidente y eso les ha retenido en la carretera. Se llama Lei y es la viva personificación de la petardísima prota de Shanghai baby con todos los complementos fashion más a la última. Vamos, que por fortuna es la antítesis de Li Xi.
Ya de noche, llegamos al hotel. El Aurum International Xian es una torre gigantesca con habitaciones sorprendentemente pequeñas. Lo peor de sus instalaciones es que la televisión sólo tiene canales chinos y la ventana no tiene vistas. En este hotel viviré situaciones surrealistas con las cuatro últimas plantas (la zona ejecutiva) en las que me dicen que hay un cibercafé. La ineficacia china se interpondrá en mi camino. Pero antes de eso ya me llevo una sorpresa cuando descubro que en cada planta hay un vigilante para que los huéspedes no se pierdan en sus laberínticos pasillos.
Yo estoy tan cansado que me limito a comprar otra botella de agua y meterme a dormir.
CHIN CHIN POR EL TIBET (THE SEVENTH WAVE)
Lunes, 19 de diciembre. El desayuno de este hotel es considerablemente más pobre y deslucido que el de Pekín, pero siempre está la sandía y el té Lipton (el que sirven en toda China).
Una anécdota graciosa es que yo quería comprarme un traje Mao en este viaje, pero cada vez que le preguntaba a los guias, su cara de horror y extrañeza lo decía todo. Lei, no es una excepción cuando me acerco a su mesa del desayuno a preguntarle. Espantada me increpa que para que quiero yo un traje tan feo. A continuación me explica que el verde, el militar, está terinantemente prohibido venderlo y el azúl, el de trabajo, nadie lo quiere hacer porque durante décadas era el único traje que se podía llevar en China (el estado daba uno a cada ciudadano) y es síntoma de pobreza. En fin que me puedo despedir del Mao.
Salimos hacia la Gran Pagoda del Ganso Salvaje bien temprano. Lei ha acordado cambiar el orden de las visistas para disfrutar mejor del tiempo.
Apenas arrancamos, nos damos cuenta de que Xi'an, una ciudad enorme (6 millones de habitantes) con los mismos atascos y mucha más contaminación (si eso es posible) que Pekín, está rodeada de una bonita muralla que coronan varias pagodas. No tardamos mucho en ser informados (con esa detestable prepotencia china que cada vez se hace más evidente), de que durante la dinastía Qin (pronunciado chin, razón por la cual en Occidente se conoce a este pueblo como China) Xi'an llegó a ser la ciudad más plurietnica y poblada del planeta, con un millón de habitantes (pues, bonitas, que mal paradas habéis quedado en la historia a juzgar por ese barrendero municipal con pinta de mendigo que veo rastrear la calle con una rama llena de hilos de lana).

Arrebatada por ese amor patrio que les han insertado desde niños como un chip, Lei explica por el camino, muy amenamente, esos sí, la historia y las distintas dinastías de China, cuya capital era originalmente esta ciudad, by the lei.
Nos cuenta, por ejemplo, que una parte importante de lo que hoy en día forma la actual China fue unificada por primera vez en el 221 AC. Fue en ese año en el que la frontera occidental del estado de Qin, el más agresivo de los Reinos Combatientes, subyugó al último de sus estados rivales poniendo fin a ese periodo. El rey de Qin, Zheng, se autoproclamó "Primer Emperador" (Shi Huangdi), una formula de títulos reservada anteriormente para deidades y los mitológicos gobernantes de China. Es conocido por los historiadores como Qin Shi Huang. Su deseo era que los sucesivos gobernantes de china la gobernaran con los títulos de "Segundo Emperador", "Tercer emperador", etc.
Este primer emperador es el que se enterró con el famosos ejército de terracota, cuyos restos veremos tras visitar la Pagoda e ingerir un almuerzo que todos tememos como las estratagemas de Espe Aguirre para gobernar vía corruptus enormilis.
La Gran Pagoda del Ganso Salvaje, resulta ser un monasterio budista que fundó Xuanzang, un sacerdote que viajó hasta la India para traer y traducir todas las escrituras sagradas budistas. Su aventura está contenida en una de las obras cumbres de la literatura china: Viaje al Oeste, famoso por que contiene el personaje del Rey Mono, el más querido en China. Se inició así la tradición del budismo en China que hoy en día es la religión más extendida. Yo me hice una foto frente a su estatua y apoyado en una extraña piedra con escrituras sagradas.

Lo más revelador de esta parada es la crítica feróz que Lei hace del budismo como una religión que sirvió a los gobernantes más totalitarios al subrayar el sentido de abnegación, de no rebelarse contra tu situación, de aceptar tus desgracias en esta vida, de no tener deseos de una vida mejor para garantizarte una mejor reencarnación. Esa filosofía vino muy bien a los emperadores y gobiernos totalitarios que mantenían al pueblo en la miseria más infrahumana mientras ellos retozaban en riquezas.
Es muy interesante su análisis, la verdad. Yo siempe he rechazado de plano cualquier religión organizada por su machismo y manipulación política del individuo, pero hasta ese momento me inclinaba hacia el budismo como una buena enseñanza vital. Esa desmitificación de las bondades del budismo se completaron con la serie de fotos que yo me hice en sus aposentos y con un monje que llevaba... ¡un móvil manoslibres colgado del pecho!

Partimos hacia el almuerzo con el temor de repetir una vez más las desagradables experiencias de Pekín. Pero esa sensación se disipó cuando Lei nos ofreció varias posibilidades a elegir tras desvelar, por cierto, que es el guía quien elige los sitios para comer según un presupuesto (maldito Li Xi). Todos nos decantamos por un buffet occidental que ella alaba mucho.
¡Qué delicia fue esa comida! Tenian una plancha donde te hacían la carne al momento. Unos magníficos solomillos que yo acompañaba reiteradamente con deliciosas patatas fritas y na minestrone de primera. Repetí unas seis veces.
Con el estómago bien lleno por primera vez en todo el viaje, nos encaminamos hacia la visita principal: el ejército de terracota. La anécdota del trayecto surje cuando le pregunto a Lei que qué es un recinto vallado con la misteriosa inscripción THE SEVENTH WAVE. Me quedo muerta cuando me cuenta que es el antiguo zoo de Xi'an y que allí se van a construir siete villas de ultralujo con un lago privado. Un zoo convertido en urbanización exclusiva para siete dueños, eso es capitalismo de rapiña y lo demás son tonterías.
La mala suerte nos acompaña una vez más cuando, durante el trayecto, Lei habla con un amiga suya y nos informa de que esa tarde tienen un "congreso de guías al que no puede faltar". Si no nos importa (y si nos importa también) esa tarde-noche iremos sólos al espectáculo cena. Ya lo ha hablado con el chofer (que no habla ni inglés ni español) y él nos dejará en la puerta con las entradas y nos recogerá a la salida. Además, antes de visitar el Ejército de Terracota nos pararemos en un taller de jade (eterno de pesado y aburridísimo y después irémos a descansar al hotel hasta las 6, así ella se puede ir con su amiga antes.
Nuestro estupor no tiene medida. ¡Lo de los guías en este viaje es la leche!
Para rematar la faena, en la visita a la carrera que nos hace al Ejército de Terracota llega a decirle a unos del grupo que se habían metido a ver una interesante exposición audio-visual sobre cómo resconstruyeron las figuras pieza a pieza (se encontraron el Ejército totálmente machacado en trocitos al contrario de lo que se nos había hecho creer que aparecieron intactos), que se salgan de ahí, que eso es "una mierda". Cinco minutos más tarde yo la estoy teniendo con ella cuando afirma que China ha liberado el Tibet de la ocupación de los lamas. Yo sé que el régimen del Dalai-Lama es una monarquía absolutista (y machista) pero me parece un descaro llamar liberación al genocidio que están haciendo con el pueblo tibetano.
La cuestión queda en tablas porque es obvio que a Lei le han comido el coco y no llega a entender el crimen que China está cometiendo con Tibet obligando a campesinos de la etnia Han (la mayoritaria en China) a emigrar y a quedarse a vivir en el Tibet a cambio de tierras y apoyos económicos para eliminar al pueblo tibetano en uno de los mayores genocidios de la historia.

Regresamos con la frustración en el cuerpo de no haber podido ver con detenimiento las excavaciones. Lei tenía mucha más prisa de la que quería reconocer y pasó por los hangares a la carrera.
Varias horas más tarde salimos hacia el restaurante-teatro donde íbamos a cenar los famosos raviolis chinos (típicos de Xi'an). En el camino podemos ver la preciosa muralla de Xi'an iluminada de noche y con farolillos chinos rojos colgando cada pocos metros (la obsesión de los chinoc con las luces y colores es muy curiosa y eterna fuente de contaminación visual y medioambiental). Es una visión muy bonita y vitalista que se agradece en momentos de cansancio, quizás esa sea la razón. De hecho, es muralla iluminada contrasta enormemente con la visión más sobria de día (en la foto tras el omnipresente ciclista) que con mejor clima suelen recorrer en bicicleta los turistas, pues mide varios kilómetros.

Los raviolis no estaban malos, pero verlos aparecer en una mesa giratoria, te quitaba un poco las ganas, la verdad. Aunque nunca conseguimos comer la sopa que nos trajeron como casi postre, una tradición en China dejar la sopa para lo último, yo me quedé feliz de poder ver una de esas Ollas Mongolas que tanto había admirado en los locales más concurridos. Es la comida en grupo más amada por los chinos y consiste en poner una olla con agua hirviendo en el centro y cada uno se va hirviendo carnes y otras piezas cortadas y presentadas en la mesa. Es una especie de fundue que se remonta a los pueblos pastores nómadas de Mongolia. Muy apetecible, pero arriesgado. Y ya se me habían quitado las ganas de aventurarme gastronómicamente así que nunca entré en los numerosos restaurantes especializados en esta forma de comer tan ancestral que ellos gozan con eufória (da envidia verlos comer estas ollas mongolas).

Recién terminada la cena, nos retiraron la mesa giratoria y comenzó este espectáculo. De todas las dinastías que Lei nos había mencionado, la que más me había llamado la atención era la dinastía Tang (que, por cierto, quiere decir azúcar en chino). La novena, más o menos, en la historia china, supuso la Edad de Oro de las letras y las artes chinas. Pero lo que más me atrajo fue que durante esta dinastía la gordura era un signo de belleza y la delgadez de fealdad. Algo que unido al hecho de que las mujeres gozaron de mayor igualdad me parece el verdado signo de avance de un gobierno. En cuanto al espectáculo, baste decir que es una especie de Folies Bergere a lo chino, con mucho de fantasía y nada de de fidedignidad histórica. En todas estos espectáulos de cara al turismo (y el pueblo chino que los adora) hay siempre un soterrado empeño en engrandecer un pasado y un sentido de patriotismo caduco del que por otro lado reniegan. Bastante absurdo todo.
Me meto en la cama absolutamente derrotado tras haber intentado navegar en un lentísimo ciber café que hay en la planta 27 de nuestro hotel. Me cuesta un pastón porque no consigo entrar a la mayoría de las páginas y me vuelvo del desierto salón con tres ordenadores, que han abierto exclusivamente para mí, con una enorme sensación de frustración y mucho tiempo perdido intentando entender el navegador o el Google en chino.
LA TRASTIENDA CHINA (DE XI'AN A GUILIN)
Martes, 20 de diciembre. Tenemos la mañana libre, así que aprovechamos para dar un paseo y conocer la famosa Torre del Tambor (da la hora por la mañana) y la Torre de la campana (da la hora por la tarde). En un asfixiante paseo (aquí hay más contaminación aún que en Pekín) llegamos a una zona comercial edificada a la antigua con hutongs y allí compramos unos bonitos malas de sándalo. Sin mucho más que hacer, decidimos adentrarnos en una calle lateral menos turística aunque salpicada igualmente de tiendas. Los lugareños vacían sus estufas de carbón o encienden ascuas en la acera. Mientras, otros sorben sonoramente sus tes matutinos (una detestable costumbre china hacer ruidos corporales con fruición) o escupen tras gargajear bien alto para despejarse. Esto es una calle céntrica de una ciudad de 6 millones de habitantes.

Yo, curioso por naturaleza, decido entonces adentrarme en alguna de las casas privadas o hutongs y lo que me encuentro es un panorama desolador. El nivel de vida en China sigue siendo mediaval: no tienen agua corriente, calefacción (el consumo de carbón es el mayor contaminante) o electricidad. Un anciano saca unas jaulas con pajaritos como gran aliciente a su mísera vivienda (lo podéis ver en las fotos que corresponden a una casa habitada en la que una mujer lavaba la ropa en una palangana).

A pesar del desagradable descubrimiento de la trastienda china, continuamos nuestro deambular por una lujosa avenida salpicada con enormes boutiques de Gianfraco Ferre, Gucci y Vuitton en la que unos niños descalzos y casi desnudos a pesar del frio nos persiguen pidiendo dinero durante más de veinte minutos. Yo pierdo los nervios y les grito que nos dejen en paz con gestos cortantes. Un paseo distendido es imposible aquí. Para colmo, nos damos cuenta de que no llevamos mapa y estamos perdidos. Iniciamos una desesperante intentona de recordar por donde hemos venido y yo, finalmente, decido que cortando por una gran avenida llegaremos al hotel de nuevo. En esa avenida pasamos por unos atestados puestos en los que distendidos xianeses se compran masivamente unos curiosos pinchos de carne que rebosan en soja, algo parecido al pimentón, pan rallado, y otras especies y se lo comen en un palo por la calle junto a otro divertido pinchito de pulpo con larguísimas antenas que pasean por la calle cual marcianos de película B. Finalmente conseguimos llegar al hotel a tiempo de coger el autobús (a las 3 de la tarde habíamos quedado, para salir hacia el aeropuerto).
El vuelo hacia Guilin sale con retraso, pero poco antes de embarcarnos (tarea del guía, por eso Li Xi nos consigió todos los asientos dispersos) Lei me espeta indignada que cómo no le dije al llegar que mi maleta había sido rota, ella me habría conseguido una nueva en el momento (¿quizás porque no aparecíste hasta media hora más tarde, cuando todos estábamos histéricos planeando como vivir en China hasta reunir dinero para el billete de vuelta, bonita?). En cualquier caso, me informa de que si digo a la llegada a Guilin que me la han roto en este vuelo, me la cambiarán. Si no se dan cuenta de que no ha sido en este vuelo donde he tenido el percance, claro. Bueno, parece ser que a pesar de la resaca que trae de la juerga de ayer (ni nos ha hablado durante el trayecto y no se ha quitado las gafas de sol y los cascos de su móvil, la muy giviiiina) va a ser útil su desganada venida al aeropuerto (si por ella fuese ni se molestaría).
Tras más de dos horas de retraso, rodeados de una peste a cloaca insufrible que proviene de los baños, por fin embarcamos. La diosa fortuna quiere que nos toque junto a un chico americano que hace el viaje más que ameno. Resulta que lleva 6 meses estudiando en la Universidad de Hong Kong y ahora está recorriendo el país con sus padres por nonagésima vez. Sus opiniones sobre la cultura y forma de vida chinas son muy reveladoras. Gracias a él nos enteramos de que el gobierno chino se ha sacado de la manga una tabla de invenciones según la cual los chinos lo han inventado todo, desde el coche hasta la bombilla pasando por la bomba atómica y los muebles de IKEA, y los occidentales se lo hemos copiado y robado sin piedad. El giro tragicómico a esta historia lo aporta la explicación "comunista" de que cualquier gran invento de occidente, hasta los que ellos no tienen hoy en día, lo descubrió un campesino chino. Yo reprimo mis deseos de fantasear sobre el campesino que descubrió el iPod, seguramente lo habría hecho mientras hervía un peñasco para poder comer o araba el campo en busca de antiguedades que vender, al fin y al cabo, cuando te estás muriendo de hambre y miseria, el iPod es un modo estupendo de reproducir tu colección de cantos de pitigrí enano del Valle de Tasmania en distintos archivos que te puedes bajar desde... desde... desde la ordeñadora automática: plug and milk. Esto explica bastante bien el prepotente caracter de los habitantes de este país que se lo creen a piés juntillas y desprecian a los occidentales que consideran inferiores y unos ladrones dispuestos a seguir robando sus inventivas copias (especialmente la contaminación, el gran producto nacional chino). Muy penoso todo.
También nos ilumina el chico sobre la tan cacareada posibilidad de que China sea la nueva potencia mundial. Según él esto no es posible por el caracter ineficaz de los chinos (yo estoy de acuerdo tras haber vivido esa misma mañana una surrealista situación en la planta ejecutiva del hotel en la que para que yo me conectase a internet, aparecieron 11 empleados y jefes que no se supieron poner de acuerdo sobre las tarifas, los horarios, los salones e incluso cómo conectar los ordenadores, rematando la faena trayendome un té hirviendo en vaso de tubo que dejé sin probar tras achicharrarme la boca y la mano). Carecen de inventiva y de tecnología y son un pueblo de borregos adoctrinados en la burocracia que temen destacar por la horrible represión que ha sufrido la individualidad desde tiempos insondables en este país. Aquí todos intentan pasar desapercibidos a la mirada oficial que suele castigar al que destaca.
El ameno americano añade que a su parecer, será la India la nueva potencia. Yo secundo la idea absolutamente y me baso en la autonomía de Bollywood (mayor productora de cine y con mayores ingresos del mundo frente a Hollywood como bien sabe mi querida regaladora de Devdas Locusta), hecho que convierte a este país en una interesante paradoja de creatividad alternativa con la que combatir la goblalización imperialista. ¡Y será por habitantes!
La llegada a Guilin corta nuestra amena conversación y me pone en la tesitura de tener que enfrentarme, una vez más, a las caóticas desbandadas que los chinos montan siempre para salir o entrar de cualquier sítio (otra fascinane teoría de le garçón americaine: los chinos no saben hacer colas; salen o entran todos a la vez, y siempre dando muchos codazos, como si se acabase de declarar un incendio a dos centímetros de su culo y el de delante llevase el extintor).
Mi primera misión en este destino es, por supuesto, exigir el cambio de maleta como me ha instruido Lei. Estoy en medio del extrañamente ágil proceso (¿será por todas las copias ilegales que confiscan que no se inmutan para cambiarte una y treinta maletas?) cuado hace su fulminante aparición la guía y se pone a hablar, amable pero tajante, con ellos. Afortunadamente la jugada me sale redonda e inmediatamente me ofrecen una magnífica maleta con lo último de lo más. ¡Qué bien! ¡Tiene hasta una brújula! La única pena es saber que la maleta que llevé a "La Granja" se ha quedado en algún lugar de China... pero somos budistas y no hay que aferrarse a las cosas...¿o cuando son cosas rotas que cambiamos por una nueva es consumismo?... En fin, que salgo feliz con mi maleta, mi amiga Paloma y mi guía (en ese orden, ¿eh?) para gran envidia del grupo que sopesa seriamente liarse a trompazos con sus valijas repadres para entrar en este divertido concurso con premios fabulosos. Yo los miro con cara de "lo siento, no has sido seleccionado.. prueba en otro reality".
Bueno, lo importante en esta estación del vía crucis es que la buena suerte nos parece sonreir: la guia, es una sobria pero amigable chica llamada I-Fan que presenta un equilibrado compendio de virtudes: aunque puede parecer tímida y excesivamente humilde en un primer momento, es resuelta, fuerte y segura de si misma en cuanto los problemas o dudas aparecen. La personalidad perfecta para solucionar todo (incluido lo de mi maleta). En unos minutos estamos camino del hotel para descansar y prepararnos para disfrutar mañana de un pausado crucero por el río Li.
El hotel no es el Cap Juluca precisamente. De hecho, me resulta imposible abrir la oxidada ventana para quitarme con una bocanada de brisa fresca el odioso bochorno de las calefacciones de aviones, autobuses y salas de espera que se me ha pegado al cuerpo (detesto el calor sofocante de las máquinas), pero estoy tan cansado que me duermo en un pis pas viendo los canales en inglés que aquí sí llegan.
En ese duermevela me encuentro en un canal con el paripé de boda de Mari todo-por-un-poco-de-publicidad Elton John y una punzada de ira me sube por el cuerpo... debe estar a punto de sacar un nuevo single, pienso en mi modorra... no me extrañaría que declarase el matrimonio homosexual su casus belli (ahora que es socialmente aceptable, cuando era una divergencia él chitón y a casarse con mujeres), ni que reutilice su canción comodín Candle in the Wind y ahora la llame Candle in the Church. Al fin y al cabo, ¿de una burgaysa que ha cantado un duo con el patético de Eminem lamiéndole el culo por ridiculizar a los homosexuales, qué te puedes esperar?
EL ASIA QUE YO SOÑÉ (POR EL RÍO LI HASTA YANGSHUO)
Miércoles, 21 de diciembre. El desayuno no es bufé, así que esta vez no podremos ejecutar el rito que ya hemos instaurado per caso desde el segundo día: cuando ya has acabado de desayunar, pausadamente, te haces seis o siete bocadillitos de embutidos y los guardas envueltos en servilletitas à la Mallorca por si durante las excursiones te sientes peckish.
Parto hacia el muelle de embarque con el costante temor de marearme durante el crucero (sufro un problema de cinetosis desde pequeño que puede derivar en terribles lipotimias y durante un periodo en el que no podía ni salir de la cama evolucionó a vértigo).
La buena noticia es que el crucero fue una delicia durante la cual no me mareé ni un poquito y me relajó como nada que hubiese vivido hasta ese momento. De hecho, si tuviese que justificar este viaje, lo haría con estas indescriptibles vistas que me congraciaron con el Asia que yo soñé.

Guilin está cerca de Vietnam, imagino que ese país debe ser así de maravilloso: verde, pacífico, hermoso con un clima aletargado y suave que te acaricia con mimo. ¡Qué paz se viví en el beatífico río Li! Me entraron ganas de alquilar una de las casitas que salpicaban la vereda del tranquilo río y vivir allí un dorado retiro. No en vano, este lugar ha sido el destino elegido y musa de los más importantes poetas, escritores y artistas de China.
El final de ese crucero es Yangshuo. Un pueblecito remoto y sencillo perdido en las faldas de mil montañas. Es la personificación de la Asia que yo soñé. Lleno de turistas a rebosar, eso sí, pero verdaderamente hermoso: ajeno a la aceleración urbana de todos los demás sitios. Aproveché la visita para comprarme la típica bolsa Mao (no tan típica porque luego en Shangai no la encontrábamos). Es la que llevaba la Guardia Roja durante la REvolución Cultural. La inscripción que s encuentra bajo la estrella roja dice "para servir al pueblo", pero yo en cuanto llegué a Madrid le planté un enorme Free Tibet para subvertir lo ya invertido (una es más retorcida que el muelle de una noria).

Una vez acabado el apresurado paseo por Yangshuo, que culminó en un precioso hotelito lleno de fotos de Clinton, Nixon, Kruschev y otros mandatarios lameculos venidos a obviar el tema del Tibet (nos explicó I-Fan que antiguamente el Yangshuo Paradise Hotel era el único en toda la zona), nos trasladamos a la siguiente parada: la Gruta de la Flauta de Caña.
Como al parecer vamos tarde y I-Fan ha llamado a los encargados para que nos esperen, el chofer se lanza a una surrealista carrera en la que estamos a punto de estrellarnos o atropellar motos, bicis y viandantes varias veces (no es broma, verdaderamente peligroso cómo conducen en China, se suben a las aceras, adelantan en cuátruple fila, se saltan todos los semáforos e ignoran las calles prohibidas). Tras tan espeluznante desvarío vial, la visita resulta ser bastante anodina. A mí me recordó a las Cuevas de Nerja sin la espectacular gruta central que ha visto actuar a Antonio el Bailarin o Gades. Encima, los empleados nos estaban esperando para cerrar (en esta época del año no hay turismo) y nos iban azuzando con una linterna intentando echarnos lo antes posible. Sólo una foto en un lugar en el que habitualmente cobran por posar recuerda esta apresurada excursión a las entrañas de Guilin.

La cara más escondida del país se nos volvió a revelar cuando, de regreso hacia la ciudad, pasamos por un lugar verdaderamente curioso: un parque de atracciones abandonado que a todos nos llamó la atención. Sus anacrónicos castillos de Cenicienta y sus pastelosos torreones puerilmente coloreados asemejaban un escalofriante cementerio, como la extraña visión infantil de un mundo de muertos. Todo parecía haber quedado atrapado en el sueño de Blancanieves. Resultó que el dueño, que había engañado al gobierno, se suicidó poco antes de abrirlo al público y ahí se ha quedado esa versión fantasmagórica de Disneylandia que bien podría ser el monumento al absurdo concepto de "comunismo capitalista" que Li Xi con tanto orgullo nos explicó.
Cuando llegamos a la ciudad, estamos tan cansados que nos acogemos a la tarde libre con auténtico regocijo. Paloma y yo nos volvemos a separar del grupo y dedicamos el tranquilo paseo a comprar series que yo siempre he querido tener (feliz estoy con la exquisita Arrested Development que llegó a mi atención por las apariciones de Liza Minnelli pero resultó ser una maravilla de irreverente humor que no me canso de ver y que pronto podréis comprar todos en España y con suerte quizás ver una cuarta temporada si es verdad esta noticia).
Tras un fallido intento de cenar en un restaurante de comida típica de la región en el que la misma dueña nos avisó, como ya lo hizo I-Fan, de que la gastronomía de Guilin, como la de la vecina Sichuan, es muy, muy, muy picante y especialmente conocida por sus recetas para cocinar la carne de PERRO (en China hay que tener cuidado con los experimentos gastronómicos porque te puedes encontrar con sorpresas como este exquisito manjar de Guilin), nos decidimos por un KFC cercano donde el pollo está increíblemente picante. Me quedo con la pena de probar uno de los fascinantes calderos mongoles que los lugareños disfrutan con fruición en el restaurante (atestado de gente, oiga).
Finalmente, nos volvemos al hotel y nos metemos, extenuados, en la cama.
SUEÑOS DE OPIO ENTRE EL BUND Y EL PUDONG
Jueves, 22 de diciembre Hoy el desayuno es bufé, así que yo aprovecho y me pongo morado a sandía y otras delicias frutales e incluso me encargo una tortilla francesa que te hacen en el momento. Una vez acabadas las siete tazas de té de jasmín que acompañan a la bacanal, nos entretenemos haciendo bocadillitos de emergencia con deliciosa parsimonia. I-Fan, que ayer se quedó con el resto del grupo a cenar (nos los encontramos en este luminoso lago con pagodas flotantes que hay en el centro de la ciudad), aparece tan equilibrada, encantadora y atenta como siempre. Esta chica es una joya. En pocos minutos salimos en dirección al aeropuerto para embarcar rumbo a la ciudad que me da nombre.
Ninguna novedad en el embarque (como siempre me hacen pasar por el arco, abrir las botellas de agua para olerlas y me cachean) salvo la presencia en la zona de embarque de un fascinante grupo de modernas que nos tienen a todos hipnotizados. Los chicos, evidentemente maricas, van a la última moda glam-trash: la mayoría te recuerdan al megamoderna Towa Tei, aunque sus extensiones y tintes rosas o verdes les haga aún más transgresores. Las chicas no se quedan atrás y parecen todas recién salidas de un video de los Pizzicato Five dirgido por Rei Kawakubo. Como ya nos explicó Li Xi en Pekín, este tipo de modernas sólo pueden ser de Macao o Hong Kong, las ex-colonias donde el modo de vida es 100% occidental y la moda es desesperadamente avant-garde (¿un modo de segregarse de sus compatriotas?).
El vuelo transcurre sin novedades reseñables (muy gracioso el modo en que la tripulación se pone en fila y nos hace una reverencia antes de aterrizar), pero la llegada me depara una nueva sorpresa: me han roto una correa de la nueva maleta. La correa no sirve para nada, pero yo, que ya estoy reclamadicta perdida, reclamo un cambio de maleta o una indemnización in-me-dia-ta. Las maletas que me sacan son horrendas, así que me conformo con los 50 yuanes que me pagan en el acto y salgo entre miradas de odio infinito por parte del grupo: "¿te han regalado una maleta nueva y te pagan 5 euros por una tira que a mí me rompieron en el primer viaje que hice con mi Samsonite comprada?" me espeta un despechado compañero. Yo sonrío con resabiado triunfalismo, por fin soy una quejica compulsiva reconocida.
El guia que nos ha tocado en este destino se lama Lu y ostenta un hilarante acento argentino que te hace sonreir cada vez que te habla de “las cashes de Shanghai”. Lo que no me hace tanta gracia es cuando, durante la interminable espera que supone la caravana de rigor que nos encontramos nada más entrar en la ciudad, suelta una gracia absolutamente machista sobre lo fácil que es para los chicos occidentales ligar con chicas en Shanghai. "Os podéis ligar a la que elijáis" dice en un repugnante enunciado patriarcal. Yo, indignado, le planto un subvertivo enunciado performativo en toda la cara: "¿Y para ligar con chicos? Yo estoy interesado en los chicos, soy marica... no sé si sabes lo que es marica". El, genuinamente escandalizado me responde que si realmente soy... (ni se atreve a decir la palabra) a lo que yo respondo completando su terror: "¿Maricón? Si, yo soy el maricón del grupo" A lo que añado como golpe de efecto y mirando al resto de chicos: "que se sepa"... El grupo está encantado con la provocación y se rie entre dientes cuando Lu, derrotado, se retira hacia el asiento del copiloto dirigiéndome un soso: "No, no, no... eso aquí no es posible". Yo, para rematar la faena, le grito: "que tú sepas, claro, porque créo que hay un club llamado |