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Domingo 2 de Diciembre del año patriarcal 2007
ES FÁCIL TRIVIALIZAR A LOS PROGRES (MI ADMIRACIÓN A MARINA FORTUÑO)

El viernes fui a una excelente comida en el Hotel Boston de Zaragoza que la periodista Marina Fortuño organiza cada viernes para a continuación emitir la consiguiente tertulia en la SER en su desconexión con Radio Zaragoza. El programa se llama La calle nueva y es una magnífica idea que rinde pleitesía a intelectuales, artistas y otros luchadores del pensamiento abstracto.
No sé si este formato de ofrecer una comida de lujo en el hotel que albergó a Michael Jackson cuando vino a mañilandia (es lo primero que te dicen cuando preguntas por el hotel en el que me quedé cuando promocionaba mi Machistófeles) ha sido de Marina, me da que sí. El caso es que tiene un fondo de respeto, antigua reverencia a las artes y generosidad que no puede por menos que llegarte al alma. Es hermoso que alguien reconozca a los artistas que pasan por esta ciudad con una comida de lujo.
El motivo de mi entrada no es regodearme en mis privilegios como famoso, no. La razón por la que quiero rendirle tributo a Marina es por una frase que dijo fuera de antena y que me hizo reflexionar.
Yo siempre he criticado, como buen radical, a los progres bienpensantes que la SER y el Grupo Prisa (a la par que Zapatero) tan bien encarnan. Me parecía que esa actitud prudente y políticamente correcta, esa actitud de empresarios liberales que quieren una vida liberal pero "decente", hacía más daño que otra cosa ante la ferocidad con que la derecha cada día parece nutrirse cada vez más.
Entré en el programa con una cierta ira cuando me dí cuenta de que Marina no acababa de entenderme muy bien y se refería a mi como "transformista". Durante la comida habíamos hablado, sobre todo, de la iniciativa que hace 20 años un músico de jazz desempleado llamado Bob de organizar un festival de jazz en el barrio zaragozano del Arrabal. Este iniciativa que se llama Jazz Al Margen (porque está en la margen del Ebro y es un barrio marginal) ahora lo lleva adelante un encantador hombretón llamado Rafael Tejedor. Marina se esforzó durante la comida en hacerme entender lo magnífico de la iniciativa y dejó de lado hablar nada de mi complicada persona pública. Así que cuendo entramos en antena y volvió a presentarme como "estrella del transformismo" la tuve que corregir con un ejercicio de contención que a ella no le pasó desapercibido. "Por lo menos podías enterarte de lo que soy", pensé. Encima lo decía como si me estuviese haciendo un favor reconociendo lo que NO soy. Siempre me ha irritado la buena voluntad que se convierte en flaco favor cuando alguien que quiere entender lo que no puede se aposta a tu lado y distorsiona tu discurso.
Inmediatamente pensé "estos progres liberales qué cómodos son. Miran nuestra guerra en las periferias con la benignidad de quien se asoma a su maravillosa ventana señorial con una taza de chocolate caliente en la mano". Qué equivocado estaba.
El comentario que desató mis reflexiones ocurrió cuando, hablando de la repulsiva crítica que un supuesto crítico había hecho de mi "Burgayses" en el conservador Heraldo de Aragón (aunque siempre me han tratado muy bien, he de decir). Refiriéndose a lo ignorante y homófobo del crítico, Marina soltó una de las más hermosas frases que jamás haya oido: "esos jovenzuelos no saben cuanto trabajo costó conseguir en este país la democracia".
De repente empecé a verla con otros ojos. Empecé a ver la clandestinidad de una ciudad de provincias largamente castigada por la dictadura. Empecé a ver las esperanzas, sueños e ilusiones de una jóven que luchaba por cambiar el mundo represor en que vivía. Empecé a ver la sabiduría con que se esquiva el peligro en tiempos verdaderamente mortales. Marina representaba lo que a menudo se nos olvida: los determinados impulsores de la democracia durante la transición. Los que desde la prudencia y el silencio aguantaron a los líderes para evitar que el castillo de naipes se derrumbase. El apoyo perseverante que consiguió el milagro. Porque habían vivido la represión franquista y sabían lo que podían perder, dejaron de lado los gestos grandilocuentes y las peligrosas emotividades. Y es que Marina sabía, como lo sabe Zapatero, que lo más importante no es mantener el poder, sino preservar esa democracia que tanto ha costado conseguir. Y si para eso tienes que ceder, pues cedes. Con inteligencia, con firmeza, con amabilidad. Pero con ideales.
Gracias Marina. Gracias hermanas y hermanos que desde la tranquilidad mantuvísteis el timon frimemente dirigido hacia la democracia. Fuisteis los remeros de la transición. Sin vosotros, remando en silencio desde las bodegas, ese barco jamás habría atracado en un puerto llamado libertad.
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